AZNAR se bate en retirada, pero no como un vencido. El presidente va sobrado. Si es preciso, viaja a Bruselas para abroncar a los que descuidan sus cuentas. Y por Navidad se va a Irak con un mensaje de paz para los soldados: allí se quedarán hasta que alguien decida que la guerra contra el terrorismo ha terminado. Pero que nadie piense que Aznar descuida sus obligaciones domésticas. Antes de volar le deja el guión a Zaplana, ese portavoz cuya oratoria se parece cada vez más a la del presidente al que tanto se le pegan los acentos extranjeros. Sobre todo el de Tejas y por allí. Porque el catalán, ya ni en la intimidad (debe ser de la poca práctica), y el vasco que pudo haber heredado del abuelo no aparece ni en el ADN. Aznar se reveló en estos ocho años como un dirigente serio, áspero y a veces malhumorado. Lo que pocos esperaban de él es que en su último esprint apareciese, además, como un político inflexible y hasta desabrido. ¿Será cuestión de temperamento o de utilidad electoral? El sucesor desvelará el enigma.