NUNCA PENSÉ que la palabra feísmo , utilizada con mayor o menor acierto, pudiera provocar tal caudal de opinión. Lo bello y lo pintoresco fueron características inherentes al territorio, a la naturaleza, al paisaje, a las costas, a las villas y ciudades de Galicia hasta los años cincuenta, aunque seguramente las condiciones generalizadas de pobreza, cuando no de miseria, impedían gozar con plenitud del placer estético. Somos todavía testigos de cómo se vivía en los centros históricos -aunque ya llevasen muchos años reconocidos como patrimonio artístico-, en los barrios y no digamos ya en las aldeas del rural. La Compostela de los carros por las rúas y los cerdos atravesando la Porta Faxeira cada jueves, un pintoresquismo tan celebrado por la intelectualidad, era una contradictio in terminis . A partir de los sesenta la construcción del litoral, de las villas, de las ciudades y sus periferias ha ido mermando sistemáticamente nuestras potencialidades paisajísticas y, por lo tanto, económicas y culturales. Por otro lado, la belleza natural, que rozaba lo sublime, se fue ajando en las áreas más pobladas al sustituir las especies autóctonas por la repoblación forestal con especies de mayor rentabilidad y por la concentración parcelaria, que surcó de forma despiadada el territorio con brechas hoy medio asfaltadas y que han propiciado, a su vez, una mayor dispersión de la construcción. Al ser ahora conscientes de lo que ha sucedido, surge la añoranza de aquella Galicia y se suscita cierta mala conciencia colectiva, eso sí, a posteriori. Pero ¿cómo se expresa esa fealdad? El afeamiento producido en los últimos cuarenta años se deriva de la pérdida del sentido que tiende a unir las partes que forman el todo. Esto es patente en la ocupación de la topografía para formar la nueva ciudad, con la irrupción brutal de lo desurbanizado y lo fragmentario, como si la propiedad privada y el mercado por sí solos pudieran crear una estética del espacio público. De la ciudad compacta que se iba difuminando imperceptiblemente en sus bordes, se ha pasado, con una práctica del laissez faire, laissez paser, a unos márgenes cuarteados y parcelados de forma depredadora por las construcciones aisladas, o bien a la anomia reiterativa de la agrupación de adosados. A la superposición ejemplar de los estilos arquitectónicos que conformaron el perfil urbano se sucede hoy justamente lo contrario, una contraposición y desencuentro entre los volúmenes y las escalas de los edificios, rompiendo la armonía y la jerarquía simbólica. Aquella rica diversidad se ha reducido, en general, a dos formas opuestas y muy extendidas de hacer ciudad, bien con una estética de lo fácil , manifestada en lo reiterativo, carente de imaginación, impersonal, que produce hastío en calles, plazas y edificios, o con otra estética de lo difícil, lo rebuscado, expresión de una nueva opulencia en molduras, balaustradas y piedras heráldicas postizas, en una mirada complaciente al pasado, acrítica y anacrónica, como caricatura de lo que fue un estilo burgués. Al lado de la simplicidad de materiales, de la sencillez y claridad del lenguaje arquitectónico popular, se ha impuesto el cruce cultural en una especie de realismo sucio , amasijo de pautas de vida y modos de producción que se traduce en un collage de materiales y volúmenes: aluminio, plástico, ladrillo, cemento, madera, teja, piedra... Es la desconstrucción del alma y del paisaje de un país. El encuentro sosegado entre la tierra y el mar, el antiguo diálogo de los elementos integradores del medio físico, se ha roto con la irrupción de los rellenos y los paseos marítimos y con la construcción masiva del frente urbano, de modo que la Galicia costera hay que verla a lo lejos, desde el mar, para amortiguar el impacto visual de la urbanización. Y más... Décadas de incremento de calidad de vida y de deterioro territorial, contra dos milenios de pobreza y creación de patrimonio cultural. ¿Podría haberse hecho la metamorfosis de otra manera?