NO SERÍA exacto decir que Lula da Silva, el presidente brasileño, tiene problemas ahora. En realidad, desde el principio nunca ha dejado de tenerlos en esa su dificilísima apuesta por conciliar equilibradamente justicia social y progreso económico. Su programa y alguna de sus medidas primeras, como fomentar, para acceder al crédito, la titulación de la propiedad, aunque fuese de míseras favelas, o su apuesta por el sistema del microcrédito de unos y otros mecanismos innovadores, pero no rupturistas como la ortodoxia capitalista, le ha traído la enemistad de los sectores más radicales del Partido de los Trabajadores. Dicen que se ha derechizado en exceso. Varios de los intelectuales del mismo, incluido el filósofo Leandro Konder, le están dando la espalda por haber expulsado a varios parlamentarios radicales discrepantes. La situación es difícil. Hay que idealizar las cosas si se quiere que lleguen a ser realidad. Pero hay también que realizar las ideas. Y en la praxis de este entrecruzamiento sucumben por desgracia muchas ideas y muchas realidades.