Para muchos es demasiado tarde

OPINIÓN

LA PRIMERA reacción ante la detención de Sadam es de incredulidad. Uno se pregunta cómo es posible que, después de ocho meses jugando al gato y al ratón, haya resultado tan fácil capturarle. Surgen las conjeturas sobre si él mismo ha provocado su apresamiento porque, siendo tan astuto como es, tiene un as en la manga o, si, por fin, el gran manipulador ha sido traicionado por aquéllos que creía manipular o, si, simplemente, ha llegado a un acuerdo con los norteamericanos¿ Miles de suposiciones y un solo hecho, aparentemente, fehaciente: el apresamiento del dictador iraquí. Su importancia real será conocida con el transcurso del tiempo; de momento, sólo los iraquíes, ya sean árabes o kurdos, musulmanes o cristianos, ricos o pobres, cultos o ignorantes, saben lo que significa para todos y cada uno de ellos la caída del hombre que, durante más de tres décadas, ha regido los destinos de Irak. Sólo los que han perdido a cónyuges, padres, abuelos, tíos, primos y amigos, saben lo que supone ver apresado al hombre que, directa o indirectamente, ha provocado la muerte de sus seres queridos. Sólo aquellos que han perdido sus hogares, sus medios de vida, su derecho a vivir entre los suyos, saben la eternidad en que se han convertido estos años de dictadura del terror. No deben engañarnos los disparos al aire en señal de felicidad de algunos ciudadanos ya que sólo es una reacción espontánea. Los iraquíes son conscientes de que la detención del hombre con barba poblada, pelo enmarañado, gesto adusto y cansado y ropas desaliñadas, no devolverá la vida a las decenas de miles de víctimas de su régimen de terror, no hará que generaciones de iraquíes puedan recuperar el tiempo perdido, no logrará que las tierras devastadas por las bombas, los campos contaminados por radiación nuclear o exposición química se recuperen, y, sobre todo, no dará a los iraquíes la paz y la seguridad que tanto ansían. Para el mundo, Sadam Huseín tan sólo es un hombre, pero para los veinte millones de iraquíes es mucho más que eso, es el hombre que ha marcado a sangre y fuego un antes y un después en la historia de la vieja Mesopotamia. Aunque un tribunal penal le juzgue y le condene a cadena perpetua para que pase los pocos años que todavía le quedan de vida encerrado entre cuatro paredes, jamás compensará el daño causado ni hará que resuciten los muertos. Lo único que de verdad hará más llevadera la losa del terror de Sadam es conseguir que los grupos armados que aún le son fieles, así como los infiltrados terroristas de Al Qaeda, sean detenidos y controlados para que, por fin, todos los iraquíes puedan dormir tranquilos sabiendo que mañana será un nuevo día lleno de esperanza, dado que para muchos otros ya es demasiado tarde.