Yo también opino como Aznar (con perdón)

| JUAN J. CALAZA |

OPINIÓN

EL 25 DE noviembre, Alemania y Francia cohonestaron un estruendoso desaguisado institucional al conseguir que la mayoría de los ministros de Finanzas de los países que comparten el euro rechazaran la propuesta de la Comisión europea para incoar expediente sancionador contra ambos, congruente con el Pacto de Estabilidad (PEC) impuesto paradójicamente por ellos mismos, al haber incurrido en, y mantenido, un déficit superior al 3% del PIB. Hasta aquí nada que no sea « common knowledge ». Pero quizás es menos sabido que a España y a los países que, en conformidad con lo pactado en Amsterdam, propusieron la sanción sólo les faltó un voto para conseguir la minoría de bloqueo. Y por increíble que pueda parecer, ese voto se lo negó Portugal -no han de faltarle aquende flores tras el aliño- ¡contra quien Alemania y Francia habían reclamado en su momento una sanción por haber elevado, en 2001, el déficit al 4% del PIB! Así las cosas, el asunto no es intrascendente humo de pajas, y conviene que, ya desde ahora, tomemos conciencia del resabiado ganado que nos tocará lidiar en el futuro, aun a costa de un esfuerzo intelectual algo más arduo que la fácil vulgata propagandística consistente en endosarle a Aznar la cansina cantinela de españolista autoritario e intransigente antieuropeo. Los hechos son éstos. Con antelación al expediente portugués, la Comisión amonestó a Irlanda, en febrero 2001, por no someterse al « diktat » impuesto por Francia y Alemania relativo a la política presupuestaria. El pretexto fue que dado el nivel de inflación irlandés (5,5% en el 2000) no parecía oportuno que Charlie McCreevy, ministro de Finanzas, presentase un programa de sostenimiento al crecimiento. Lo chocante en la amonestación -de la Comisión, primero, y del Ecofin, posteriormente- es que no cuestionaba el abuso de un déficit público que violase los criterios del Tratado de Ámsterdam, ya que Irlanda tuvo en 2000 un excedente presupuestario equivalente al 4,7% de su PIB, el 4,3% para 2001 y se preveía el 3,8% para 2002. Es cierto que la inflación prevista para 2001 era del 4,5%, por encima del 2% fijado por el BCE, pero teniendo en cuenta que el PIB irlandés representaba menos del 1,9% del europeo su impacto sobre la inflación comunitaria sería mínimo. No es este el lugar para evaluar el PEC pero, sin caer en angostos preceptos formulistas, temo que adolece de anamorfosis toda vez que, en las mismas circunstancias, Francia y Alemania harían lo que fuera para obtener tasas de crecimiento como las de Irlanda aunque tuviesen que soportar -y exportar al resto de Europa por el peso de sus PIB- una inflación mayor. La amonestación a Irlanda fue por tanto un caso flagrante de prepotencia franco-alemana para mostrar quien manda, corroborado en la actualidad por la renuencia a plegarse a las normas presupuestarias de su propio cuño. El precedente ejemplo es muy revelador al esclarecer las dificultades que acechan a los pequeños países para poder encaramarse al nivel de desarrollo de los grandes. No creo que fuese ninguna aberración económica que Irlanda aprovechase esos momentos de bonanza, que ya no está viviendo, para obtener una verdadera convergencia real dotándose de las estructuras que caracterizan a todos los niveles a los grandes países europeos. Lo peor es que la amonestación tenía como finalidad sentar un precedente para que, llegado el momento, España, Hungría, Polonia o cualquier otro país que sea capaz de sanear sus finanzas y obtener tasas de crecimiento más elevadas que los grandes países europeos no puedan, por las restricciones antiinflacionistas impuestas, solventar las diferencias de stock de capital. Sin embargo, aún hay entre nosotros muy acendrados europeístas que le reprochan a Aznar la recelosa voluntad de mantener el rango de España en Europa frente al arrogante binomio franco-alemán. Y, más de lo mismo, braman para que acepte el engendro constitucional perpetrado por Giscard para Europa... al tiempo que lo conminan a que dinamite nuestra actualísima Constitución. Que no es eterna, « Deo volente », porque aquí lo único eterno es el primario y ceñudo odio a España.