HABLANDO en términos políticos, ése ha sido, en Galicia y en Europa, el tema estrella del fin de semana que hoy termina. De las minorías de bloqueo se ha discutido hasta el final en la Cumbre de Bruselas, que ha acabado en un fiasco a consecuencia de la rotunda negativa polaca y española a aceptar las reglas de juego leoninas que Francia y Alemania habían decidido imponer, en su propio beneficio, a la mayoría de los Estados de la Unión. Y de minorías de Bloqueo ha ido también una crisis, la de Vigo, embarrancada en otro fiasco memorable, que, pese a presentar una importancia incomparable al anterior, será trascendental para el futuro de la política gallega. El bloqueo decretado en su día por el Bloque ha terminado donde únicamente podía terminar: en la asunción de la alcaldía de Vigo por el Partido Popular. Quien ayer siguiera el peripatético discurso de Castrillo, no habrá conseguido comprender algo que Castrillo sencillamente no explicó: ¿por qué, si querían un gobierno de la izquierda, él y los concejales de su grupo negaron la confianza al alcalde socialista, cuando el PSdeG dejó claro por tierra, mar y aire que tal negativa equivalía a hacer alcaldesa de Vigo a la candidata del PP? Sólo el entendimiento de la política como un juego de las elites, en que aquéllas están por definición legitimadas para hacer mangas y capirotes con los votos del cuerpo electoral, permite explicar esa creencia empecinada de Castrillo en que al final no ocurriría lo que los propios implicados habían anunciado que iba a suceder si el Bloque seguía empeñado en que fuese alcalde quien Castrillo decidiese y no quien habían elegido los votantes vigueses del PSdeG y el BNG. Se entiende, claro, que puesto ante el abismo de su irresponsabilidad e incompetencia, Castrillo cargue, desesperado, a los demás con las gravísimas consecuencias de su forma descabellada de actuar. Pero las cosas son como son y no como, en sus ensoñaciones retóricas, afirma el concejal nacionalista: él, y su partido resultan, si no los únicos, sí los directos responsables por acción de que hoy gobierne en Vigo el Partido Popular. Y debido a ello, los responsables también de que la alternancia en las instituciones autonómicas parezca ahora menos creíble que hace varios meses. Castrillo dijo ayer, en tono enfático, que con su apoyo a la coalición nacionalista-socialista había querido hacer patente que si en Vigo era posible una mayoría de la izquierda también lo sería en el Gobierno de Galicia. Hoy puede estar completamente satisfecho, pues su contribución a ese objetivo ha resultado indiscutible. En el PP deberían saber agradecérselo.