EL TIEMPO es el que da o quita la razón. Los que sosteníamos que la invasión y devastación de Irak no tenía otra finalidad que la del reparto del botín estábamos en lo cierto. Los que nos opusimos a las matanzas indiscriminadas dijimos que al final los piratas se repartirían el botín. Y, lamentablemente, no nos equivocamos. Los planes de EE.?UU., conocidos ayer, de excluir de la reconstrucción de Irak a empresas de los países que no apoyaron activamente su invasión, pone de manifiesto que únicamente los sumisos son merecedores de participar en el reparto del pastel. Un pastel de 18.600 millones de dólares en contratos de reconstrucción. Alemania, Francia, Canadá, Rusia y otros países que actuaron con la dignidad de permitirse rehusar estar en la coalición invasora, no van a poder ahora participar en el reparto de beneficios. Por mucho que les moleste. Y por mucho que amenacen con recurrir al Derecho Internacional de la Competencia. No lo van a hacer porque el dulce está reservado a quienes asumieron el conflicto como propio y a quienes entregaron las vidas de sus compatriotas por una causa que cada día se entiende menos. España está entre los elegidos. Va a ser uno de esos países que recoja los frutos de la foto de las Azores. En mayor o menor medida, empresas españolas obtendrán beneficios reconstruyendo una tierra que para eso fue previamente destruida. Pero el Gobierno español tiene ahora una oportunidad única de demostrarnos que sólo la tiranía de Sadam, sólo las armas de destrucción masiva y únicamente el interés de sacarnos del rincón de la Historia y de protegernos de la amenaza terrorista, lo llevó a tomar parte en el conflicto. Renunciando a participar en el reparto del botín. O lo que es lo mismo, renunciando a cambiar sangre por dólares.