Carta de plata

| RAMÓN BALTAR |

OPINIÓN

OTERO DE POTROS

09 dic 2003 . Actualizado a las 06:00 h.

LAS PRIMERAS canas de la Constitución no bastan para garantizar la madurez de la democracia avanzada que dibuja. Para llegar a la cual, a juzgar por las últimas cafradas de nuestros goberneros, faltan hervuras. El imaginativo Ibarretxe, cansado su partido de aguantar a extranjeros de dentro, pretende la cuadratura del círculo político consistente en separarse de España y, sin solución de continuidad, quedar arrimado a ella como estado libre asociado: algo así como si una pareja se divorcia en el juzgado de familia para repetir contrato por el de mercantil. Y como demócrata convicto, no considera necesario respetar las reglas ni contar con la mayoría que una secesión requiere. Los nacionalistas centrípetos responden a tanta insolencia con otra no menor: aprobar unas modificaciones penales diseñadas, no para delitos sino para personas concretas, y sin importarle un bledo sacarlas por la puerta de atrás del Senado. Ahora ya sabemos por qué no quieren convertirlo en cámara de representación territorial: porque faltaría el lugar para legislar sin controles institucionales y sin debate público. Hasta los catalanes ponen caseta en la feria del desmadre. Animado por su gran éxito electoral, el Carod insinuó un gobierno de concentración para concertar una ampliación del Estatuto, eso sí, dejando fuera al PP. Qué simpático el tío: prescindir del primer partido español, sin cuyo voto la ratificación por las Cortes de cualquier cambio de marco se haría inviable. Claro que los populares también se lucieron con el bobo recurso a la presión empresarial contra una coalición con los republicanos. Varias encuestas de estos días dicen que la ciudadanía está a gusto con la CE y que no le hace ascos a reformarla para que sirva mejor a sus fines. Ojalá se reformaran con ella los políticos.