Votad, votad, malditos

| ROBERTO L. BLANCO VALDÉS |

OPINIÓN

POCAS VECES como en las patéticas palabras pronunciadas ayer por Lois Castrillo, ha sido más palmaria la inmensa distancia que puede llegar a producirse entre una decisión y los supuestos motivos con que pretende legitimarla quien la adopta. Y así, si siempre es duro que un político opte por separarse de la voluntad de la inmensa mayoría de quienes lo han colocado donde está, lo es sin duda mucho más cuando lo hace sin aportar ni una sola razón que justifique su traición. Castrillo se presentó a las últimas locales con una oferta implícita, que constituía una de las ideas fuerza de su propuesta electoral: la de que apoyaría la lista socialista si aquélla quedaba por delante de la suya y juntas podían impedir que gobernase el Partido Popular. Una oferta esa que no era necesario explicitar, dado que resultaba coherente no sólo con la trayectoria local de dos partidos que habían gobernado conjuntamente algunas de las más importantes ciudades de Galicia, sino además con la principal seña de identidad del BNG: su frontal oposición al PP y a todo lo que, según el nacionalismo, representa en Galicia la derecha españolista . Es cierto, claro, que esa presunción electoral no puede obligar al BNG a entregarse atado de pies y manos al Partido Socialista. Pero lo es también que si decide, como decidió ayer en Vigo, violentarla, es al Bloque a quien corresponde la carga de la prueba. Un partido que ha obtenido miles de votos con la presunción de que llegado el caso hará A, no puede hacer después todo lo contrario y justificarlo con la hueca homilía con que ayer castigó Castrillo a sus atribulados electores. Nadie, y los votantes del BNG menos que nadie, se merecen tan insufrible falta de respeto democrático. Como no se la merecen tampoco los electores y militantes del PSdeG que hoy se preguntan, legítimamente, si Touriño ha tenido el cuajo de cambiar la alcaldía de Vigo por la presidencia de la Diputación de A Coruña, dejando a Pérez Mariño al pie de los caballos. Son tantos los indicios que, abonando la realidad de ese canje bochornoso, se acumulan en contra de Touriño, que el líder socialista está obligado a explicar con pelos y señales qué acordó y qué no acordó en sus reuniones con Quintana. Votad, votad, malditos... y después dejadnos decidir por nuestra cuenta. Eso parecen decirnos los principales protagonistas de una crisis, que acabe como acabe, dará finalmente en un fiasco. Un fiasco para Vigo, para la posibilidad de la alternancia política en Galicia y, en última instancia, para la confianza de los ciudadanos en unos partidos que sólo parecen tenerlos en cuenta cuando han de pedirles su apoyo electoral.