EN CIRCUNSTANCIAS normales, el 75,2% de los votos obtenidos por Anxo Quintana serían más que suficientes para avalar su candidatura a la presidencia de la Xunta. Pero si se trata de sustituir a Beiras, de afrontar la crisis abierta por Pérez Mariño en los pactos progresistas, de rentabilizar el vacío de liderazgo que se produce con el fin del fraguismo, y si todo eso se debe hacer desde una organización muy cuestionada y un posicionamiento político y estratégico anticuado, el 22,3% de los votos obtenidos por Nogueira, y la sombra de Beiras incrustada en el Consello Nacional, son como una enorme losa que el nuevo aspirante a presidir Galicia deberá arrastrar hasta las elecciones. Lo que le queda a Anxo Quintana no es una tarea imposible. Sólo le queda una tarea peliaguda y urgente, cuya realización requiere un liderazgo sin fisuras, una personalidad atractiva y desbordante, una elocuencia vibrante y convincente, un pensamiento sólido y actualizado, una clara idea de lo que puede ser el futuro del BNG y del nacionalismo, una gran independencia frente a las corrientes más retrógradas y radicales de su propia organización, una credibilidad social a prueba de errores y una enorme capacidad para inclinar a su favor el universo mediático. Y por eso es importante saber si los electores del BNG tuvieron en cuenta estos pequeños detalles, o si, por el contrario, salieron de la XI Asamblea por la puerta de emergencia. El inseguro trono que los militantes del BNG le entregaron ayer a Anxo Quintana -portavoz del Consello Nacional-, fue creado a imagen y semejanza de Xosé Manuel Beiras, que siempre lo ejerció desde una posición y con una autoridad que era más dependiente de su personalidad y de su crédito político que de las condiciones objetivas del cargo. Y por eso falta por ver hasta qué punto resulta eficaz un liderazgo formal, como el de Anxo Quintana, que está obligado a oscurecer el brillo del nuevo presidente del Consello Nacional (Xosé Manuel Beiras), de los incómodos independientes de Roberto Mera, del dulce derrotado Nogueira, y de los líderes históricos que, metidos siempre entre bambalinas, se dejan seducir por la creencia popular de que son ellos, y sólo ellos, los que mueven los hilos del BNG. Por si algo faltaba, el primer reto que se le presenta a Quintana es la renegociación del pacto de Vigo, que a estas horas se ha convertido en un terrible dilema: muy mal si lo arregla, porque deja al BNG a merced de los estrategas del PSOE, y muy mal si no lo arregla, porque deja al BNG a los pies de los caballos. Pero nada de eso significa que Anxo Quintana se haya puesto al frente de una misión imposible. Sólo es «casi» imposible.