LOS AFILIADOS del BNG que hoy eligen el candidato nacionalista a la presidencia de la Xunta tomarán una decisión fundamental, aunque no es seguro que todos sean plenamente conscientes de la envergadura del envite que tienen ante ellos: el de realizar una elección que permita al Bloque mantenerse como una fuerza con posibilidades de gobierno en una país donde el nacionalismo es socialmente un fenómeno muy poco relevante Tan poco relevante, que sólo el talento teatral de su ya defenestrado portavoz, unido a la capacidad de movilización del BNG, pueden explicar que un grupo nacionalista de las características ideológicas del Bloque acabase obteniendo el voto de varios cientos de miles de gallegos, la inmensas mayoría de los cuales ni son nacionalistas, ni apoyan al BNG porque lo perciban como tal. Desaparecido de la política autonómica gallega durante una larga temporada el Partido Socialista, el BNG pudo ser percibido, así, mediados los noventa, y por méritos propios que nadie debería de negarle, como la fuerza política más genuina de oposición a Manuel Fraga. Ello explicará su espectacular remontada electoral, que fue el fruto de añadir a su reducido núcleo de votantes ideológicos, a un amplísimo contingente de votantes coyunturales o pragmáticos, para los que apoyar al BNG no era la expresión de una lealtad partidista previamente contraída, sino sólo una forma de votar. Son esos votantes coyunturales o pragmáticos, claro está, los que en todas partes permiten a los partidos ganar las elecciones. Pero son también esos votantes -poco ideologizados y, por ello, más volubles- los que cambian de papeleta con total tranquilidad, sin que tal cambio les suponga ningún drama personal. Mantenerlos es, por tanto, para los partidos mucho más difícil que mantener a aquellos otros electores que viven el cambio de sus preferencias como una especie de traición. Los dirigentes del BNG se equivocarían por completo si acabasen concluyendo que podrán conseguir sin más con sus votantes lo que, al parecer, conseguirán con la mayoría de los afiliados que hoy votarán en Compostela: hacerlos comulgar con ruedas de molino. Tal cosa, posible cuando se trata de controlar procesos internos partidistas, resulta, sin embargo, de una dificultad extraordinaria cuando hay que enfrentarse con ciudadanos que no tienen más lealtad que su conciencia. Por eso, aunque el cónclave del Bloque pueda parecer, una vez concluido, un éxito rotundo, al haber discurrido sobre el guión previamente escrito por quienes controlan el cotarro, los verdaderos problemas del BNG, lejos de haberse solucionado, no habrán hecho hoy más que comenzar.