LA RESISTENCIA iraquí está cada vez mejor organizada y armada, aunque alguien prefiera hablar todavía de terroristas o ladrones de coches. La triste monotonía de sus ataques resuena como martillo pilón en la conciencia de los ocupantes, sobre los que se reparte el castigo en dosis calculadas de muerte y destrucción. No hay ni atisbo de orden ni de paz. Divanniya, Nayaf, Nassiriya, Basora, tan bellos nombres, aguardan mil y una noches de horror, de pesadilla que puede venir. Toda la estrategia se centra ahora en cómo salir de allí con mediana dignidad. Ya no importa el pasado y menos el porvenir de un país asolado y abandonado al caos de un Consejo de Gobierno carente de autoridad y legitimidad ante su propio pueblo. Ni siquiera el petróleo, la codicia del petróleo, es ya la protagonista del momento. La gente ha matado siempre por las cosas más dispares. Pero no es fácil recordar en la historia un caso tan flagrante y estúpido e inútil de prepotencia incompetente.