El nombre de las cosas

| XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS |

OPINIÓN

EL LIBRO del Génesis empieza con el episodio de la creación, en el que, muy lejos de la metafísica distinción entre el ser y la nada, se nos muestra al Dios todopoderoso poniendo orden en el caos y dándole nombre a las cosas: «Vio Dios que la luz estaba bien, y apartó Dios la luz de la oscuridad, y llamó Dios a la luz día , y a la oscuridad noche . Y atardeció y amaneció: el día primero». La verdad es que, visto así, parece fácil. Y por eso se entiende que todos los hombres poderosos hayan tenido la tentación de jugar a dioses y crear un mundo a su medida. Bush, por ejemplo, está convencido de que la guerra empieza cuando él dice war , y termina cuando el dice peace , y por eso no entiende que los iraquíes sigan matando -que es oficio de guerra- cuando él y su señora ya están en la postguerra. Y tanto poder despliega con su palabra, que hasta nosotros acabamos creyendo que un cadáver italiano está mucho más muerto que un cadáver iraquí, y que los mismos hechos heroicos que en Europa definieron la resistencia , se convierten en deleznables masacres cuando hablamos de terroristas iraquíes. Un avión invisible, que suelta sus bombas sobre Bagdad, es un arma prodigiosa, y por eso le llamamos bajas a sus víctimas militares, efectos colaterales a sus víctimas civiles -mujeres y niños-, y fuerza pacificadora a quienes programan sus objetivos. Pero si el explosivo viaja en un camión descuajeringado, y se empotra contra un cuartel occidental, recibe el nombre de cobarde atentado terrorista, y sus víctimas se convierten en viles asesinatos, como si la capacidad de cambiarle el nombre a las cosas transformase radicalmente la obra de Dios. Lejos de toda convención y de toda ley, haciendo burla de los raquíticos esfuerzos que hizo la humanidad para regular el derecho de matar y robar a gran escala, el ínclito George W. Bush pronuncia la palabra war cuando le conviene, y la palabra peace cuando le aprietan los zapatos, y, sin pararse siquiera a declarar la guerra y a firmar la paz, se convierte en el único árbitro de un macabro juego en el que él mismo defiende los repugnantes colores de la opulencia y el poder. Y por eso hemos llegado a un estado de cosas gravísimo y difícilmente reversible, que ya exige, además de un plan para remediar la derrota y el desastre, la contundente condena moral de quienes deben pasar a la historia al lado de Pinochet. Bush, el árbitro absoluto, dice war cuando le peta, y peace cuando le duele. Pero desde la historia de Babel, que también está en el Génesis , los iraquíes no saben hablar inglés, y no le entienden. Por eso la creación de Dios va para adelante, y la de Bush va hacia atrás.