LAS PREVISIONES más pesimistas sobre el desarrollo de los acontecimientos en Irak se están cumpliendo. El 12 de noviembre ha resultado una jornada negra en el país ocupado y cerca de cuarenta personas han perdido la vida como resultado de diferentes atentados y enfrentamientos. Pero la masacre sufrida por las fuerzas italianas desplegadas en Nasiriya ha tenido una repercusión excepcional porque ha desencadenado una crisis política que obliga a los gobiernos que apoyan la ocupación a revisar sus planes. Lejos quedan la última resolución del Consejo de Seguridad y los resultados de la conferencia de países donantes celebrada en Madrid. El informe de la CIA estima que 50.000 combatientes se han incorporado a los grupos de resistentes. La velocidad con la que se desarrollan los acontecimientos desborda todas las previsiones de los responsables políticos de Washington y el desconcierto de Paul Bremer y de la fantasmagórica Administración civil que dirige es una evidencia. La realidad es que el atentado de Nasiriya ha colmado la paciencia de las opiniones públicas europeas que han expresado su constante oposición a la intervención militar. Los partidos de la izquierda en Italia han reaccionado con serenidad, se han unido para apoyar al cuerpo de carabineros y a las familias de los fallecidos. Pero el debate político y la presión sobre el Gobierno de Silvio Berlusconi repercutirá en todos los países europeos con independencia de que tengamos o no fuerzas militares desplegadas sobre el terreno. Aunque Berlusconi ha negado la posibilidad de retirar el contingente italiano, resulta indudable que la situación es insostenible y que la irresponsabilidad de la Administración de Bush, y la de los que le apoyaron en esta aventura, ha generado una crisis de consecuencias imprevisibles. ¿Qué puede ocurrir con los militares españoles? José María Aznar debería convocar a los líderes de la oposición y buscar ámbitos de consenso sobre el futuro de nuestra presencia en Irak. Los responsables del último atentado han querido poner de relieve que todos los ocupantes pueden ser objetivos en esta guerra total prevista por Sadam Huseín. ¿Qué hacer? Situados entre la peste y la malaria -permanecer en Irak de forma indefinida o salir corriendo y asumir las consecuencias de una guerra civil étnica y religiosa entre iraquíes-, los gobiernos ocupantes deberían acudir a la comunidad internacional y buscar un acuerdo que permita realizar una retirada ordenada. Si las noticias que llegan de Washington son ciertas, la Administración de Bush parece decidida a acelerar la transmisión del poder a un gobierno provisional iraquí que elabore una nueva Constitución y que pueda convocar unas elecciones libres en seis meses. ¿Será posible?