MARIANO RAJOY va soltando poco a poco su doctrina. Parece haberse comprado un cuentagotas en la farmacia, y lo usa con mesura y parsimonia, como para dar tiempo a la digestión. El modelo elegido es la conferencia, que garantiza un ambiente reflexivo, un público ávido de novedades y receptivo a los mensajes, la tranquilidad en la exposición y el lenguaje escrito para no cometer errores. Sigue, por tanto, fiel al principio que transmitió a sus equipos más próximos: errores, ni uno. Sobre todo, ayer, cuando el candidato iba a descorrer el velo que cubría su pensamiento económico. Rajoy no presentaba más que un vacío ante la opinión pública: qué piensa hacer en la gestión de la economía. La división de poderes que Aznar había establecido entre su vicepresidencia y Rodrigo Rato no le había permitido explicarse públicamente. Se suponía que no tenía más opción que la continuidad, dados los buenos resultados actuales; pero también se esperaba la posibilidad de una aportación original. Ayer no la hubo, pero no por escasez del conferenciante, sino porque en economía ya no hay nada que inventar y lo más peligroso es querer inventar algo cuando las cosas funcionan bien. Hubo, en cambio, lo que más podía desear su auditorio: un más de lo mismo , donde los principios son la libertad de empresa y la iniciativa individual. Pero todo con mayor audacia. Si la España de Aznar se ha caracterizado por las rebajas de impuestos, Rajoy anuncia más. Los rumores hablan de que ofrecerá la reducción del tipo máximo del IRPF otros tres puntos: del 45 al 42 por 100. Si la España del PP se ha bautizado a sí misma como el centro reformista , Rajoy anuncia más reformas, y los empresarios aplauden con las orejas: empezará por la reforma laboral. Y, como propina, Bruselas nos enviará 17.000 millones de euros para infraestructuras, lo cual permite anunciar a bombo y platillo la terminación de las grandes obras públicas. El viento, por tanto, sopla a favor del candidato Rajoy. Tan a favor, que no puede evitar un sueño: una España de pleno empleo en menos de siete años, con unos ciudadanos que pueden ahorrar e invertir y con una Seguridad Social enriquecida. ¿Optimista? Mucho. Pero es un optimismo fundado. Y además, no creo que nadie pudiera esperar que el candidato del partido gobernante y heredero de una política de la que fue coautor se dedique a pintar, y sobre todo a inventar, nubarrones en el cielo. De momento, Mariano Rajoy ha experimentado un cambio muy importante: ya no hace sonreír al auditorio con sus recursos de humor galaico. Ahora quiere hacernos sonreír a través de los bolsillos. No es mal camino. Lo digo de otra forma: no es mal camino, señor Rodríguez Zapatero.