«Pasito, pasito, así con disimulito»

| ROBERTO L. BLANCO VALDÉS |

OPINIÓN

NO SABEMOS si Arzalluz le dice «amor» al lendakari, pero, si el caso fuera tal, bien podría cantarle aquella canción de Rafael Godoy tan conocida en los ochenta: «Pasito, pasito, pasito mi amor pasito/ pasito, pasito, así con disimulito». Pues esa estrofa, pese a haber sido escrita pensando en otras lides, describe de forma inigualable la acción desarrollada por el PNV, EA y los monaguillos de Madrazo desde que el Gobierno vasco decidiera abrir el camino de la secesión del País Vasco. La verdad es que visto lo visto no puede decirse que la estrategia del independentismo disimulista no haya dado el resultado apetecido por los aventureros que decidieron por su cuenta que los vascos (y, con ellos, los restantes españoles) deberíamos bailar al son que, tras vislumbrar preocupados el posible fin de ETA, se pusieron a tocar: el son de la secesión. El primer pasito fue el de colocar en la agenda política un asunto apartado hasta la fecha del debate democrático: el de la autodeterminación. Casi nadie creyó entonces que aquello fuera algo más que una añagaza con la que el PNV pretendía mejorar su posición frente a Madrid. Pero el tema de la autodeterminación quedó pronto amortizado, y el PNV se preparó para el pasito sucesivo. Siempre con disimulito, claro está. Ese pasito se dirigió a normalizar la posibilidad de que los vascos replantearan en el futuro sus relaciones con España. La cuestión acabó calando y otra vez fueron legión (aunque, es cierto, que menguante) los que no vieron en todo ello sino una jugada de farol. Bien abonados ya los campos con un discurso soberanista que olvida siempre el tuétano de este asunto desgraciado -que no es otro que el de la conformación plural del País Vasco- el nacionalismo dio hace dos semanas el pasito decisivo y llevó su propuesta de secesión en dos tiempos al Parlamento de Vitoria. Aunque hay quien piensa todavía que el PNV solo quiere pararle los piés a un gobierno del PP que sería, según los más recalcitrantes defensores de Ibarretxe, el culpable de todo lo que pasa, lo cierto es que, el fin, han saltado todas las alarmas. El Gobierno, cortando por lo sano, ha decidido hacerles frente acudiendo al Constitucional para tratar de que éste frene en seco, y desde ya, la tramitación del proyecto de Ibarretxe. No es seguro que lo logre. Pero aun si lo lograse es muy probable que con ello haya quemado una salida que podría haberse utilizado en el futuro con mucho más tino y más consenso jurídico y político. Pues ¿qué pasaría si el PNV decidiese desobedecer al Tribunal Constitucional como ya ha desobedecido al Supremo de forma reiterada? Da auténtico pavor sólo pensarlo.