Perder, ganar... tal vez soñar

| ROBERTO L. BLANCO VALDÉS |

OPINIÓN

EL PEOR TERRENO que los partidos pueden escoger para enzarzarse en una gresca es el de la política local. Pues es en la política local donde los principios ceden el paso de inmediato a los intereses más espurios y donde las diferencias políticas se convierten en menos que canta un gallo en insalvables diferencias personales. Sí, la política local es la más cercana al ciudadano: para lo bueno, pero también para lo malo. Así ha vuelto a demostrarlo, por si hiciera alguna falta -que no hace- lo acontencido en Vigo antes de ayer. La imagen de los respectivos partidarios de los hasta hace nada socios de gobierno a punto de llegar a las manos en el salón donde el pleno se estaba celebrando ilustra mejor que mil palabras el bache sideral que se ha abierto entre el BNG y el Partido Socialista. Si el PP estaba buscando una imagen con la que pasearse por Galicia en la campaña de las próximas elecciones autonómicas, puede decir que ya la tiene. ¡Vaya si la tiene! El ex alcalde Manuel Soto declaraba (él, tan sensible) sentirse en ese pleno como si tuviera un pulpo en el estómago. No es una mala imagen la del pulpo. En realidad, si los dirigentes del PSdeG y el BNG no han perdido todo contacto con la realidad (la dura realidad) que los circunda deben de sentirse hoy como un pulpo en un garaje. La situación viguesa ha llegado a adquirir tal gravedad que no estará de más recordar lo elemental a quienes están hoy metidos de hoz y coz en la trifulca. Y lo elemental es que, salvadas aquellas situaciones en que los partidos desaparecen por pura consunción (como le sucedió a UCD en las generales del 82), la condición sine qua non que debe darse para que quien tiene el poder lo pierda en elecciones es que haya alguien que esté en condiciones de ganarlas. De hecho, no es muy aventurado concluir que si el PP ha seguido ganando en Galicia las elecciones autonómicas, pese a que hace ya tiempo que existen condiciones objetivas más que razonables para que una parte de sus votantes piensen en la bondad de la alternancia, ello se debe en gran medida a la falta de visibilidad de una alternativa política plausible. Que el follón de Vigo no contribuye, sino todo lo contrario, a facilitar la visibilidad de esa alternativa es algo que no hay sabe en Galicia todo el mundo. Lo saben, por supuesto, los dirigentes del PP, que contemplan encantados como los obligados a entenderse se zurran la badana. Y lo saben también los líderes del PSdeG y el BNG, que tienen ahora la obligación de demostrar que son capaces de evitar que los electores acaben por instalarse en el escepticismo. O, ¿por qué no?, en la melancolía de quien da en no ver más que lo que existe.