RECIENTEMENTE me han vuelto a preguntar en una entrevista qué significaba para mí ser gallego. Repetí una respuesta tipo que siempre me ha resultado eficaz: «Galicia es un estado de ánimo», les contesté como quien no quiere la cosa. Me dispuse a variar la respuesta para en ocasiones posteriores no volver sobre lo dicho, y así está naciendo este artículo que tiene nombre de bolero y estructura de catálogo de circunstancias. Consciente de que con frecuencia los carballos de la memoria no nos dejan ver el bosque sagrado de nuestra identidad, consciente de que en esa recuperación del discurso nos perturba la banda sonora de un territorio en el que suenan demasiados ailalelos , me dispongo a la labor de intentar acercarme a lo que pienso que somos. Somos una vieja historia mal contada, con demasiados ayes que quisimos ocultar al transcribirla, plagada de adioses cosidos al pañuelo de los emigrantes, un daguerrotipo, la foto fija a popa de todos los vapores con cita de destino en ultramar. Somos el retrato en sepia de un país que ya no existe, que tiene un nuevo guión para leer el tiempo que viene, para interpretar nuevos papeles que estamos escribiendo en un repertorio donde no están previstos ni los dramas ni las comedias. Somos un paisaje y una canción , una tarde de mayo, la aldea, el pueblo, la ciudad, somos un camino en el que otoño bordó de hojas doradas la orla del crepúsculo. Somos del color de la saudade que agavilla los recuerdos recomponiendo todos los días vividos y colocando las piezas del rompecabezas de los tiempos del por vivir, que han de llegar a ese confín dos verdes castros que llevamos como un himno de vagamundos confesos, de ciudadanos de un remoto no-lugar. Somos abstractos y poliédricos cuando concretamos nuestra manera de ser. Un barco partido en dos mitades varado en un cementerio marino, erguida la proa al viento del atlántico. Un barco sin derivas, nostalgia de mar y tierra. Somos lo que somos cuando estamos volviendo en la distancia y la vista desenfoca la postal antigua de Galicia. De piedra y cómbaros , de todas las lluvias que quiebra la raiola , el ritmo y compás de una sinfonía, una cantata para mil voces. Galicia es nuestra ópera en donde todos somos partiquinos, figurantes. De piedra y de agua y el cielo como un telón imaginario pintado de un solo brochazo. Y de todos los ríos, somos de agua, de los cientos de nombres que el agua tiene. Somos de una raza que ha aprendido a distinguir las luces de las sombras, combatimos chascarrillos y refranes que nos vilipendian e incluso reubicamos a Rosalía en el lugar en que debe estar. Somos sabedores de que Unamuno y Ortega escribieron acerca de otros gallegos y de otra Galicia que está en una cercana prehistoria, y de que su soberbia intelectual nos ha sido siempre ajena. Seguimos cinguidos por un verdor que está grabado en nuestro adeene colectivo. Somos y estamos orgullosos de pertenecer a una comunidad de afectos que se han dado en llamar Galicia. Somos un pueblo y una lengua, un idioma y un país. Somos, al fin y al cabo, y volviendo al inicio, un estado de ánimo. Somos.