Gallardón sale al balcón

| ANTONIO GONZÁLEZ |

OPINIÓN

02 nov 2003 . Actualizado a las 06:00 h.

HACÍA bastante tiempo que Gallardón permanecía en un plano discreto y pasivo. Incluso en la campaña electoral, en el lógico y obligado apoyo a su compañera de partido, Esperanza Aguirre, se situó en un segundo plano, como si quisiera mantenerse en un nivel neutral en la contienda política tan esperpéntica que determinó la repesca del 26 de octubre. El flamante alcalde de Madrid estaba a lo suyo: organizar su estrategia municipal, al tiempo que ejercía con calculada prudencia y de manera interina la presidencia regional. Desde el escándalo de la Asamblea, Gallardón consiguió, temporalmente, una de sus ambiciones inmediatas: ser el alcalde-gobernador de Madrid y su ámbito territorial. En la noche del 26 de octubre, mientras en Tele Madrid ofrecían la evolución de los datos electorales con un morbo propio de un juego de rol, el alcalde-presidente preparaba su salida a escena para entronizar a su sucesora en la Comunidad madrileña y aprovechando tan feliz circunstancia, promocionarse a sí mismo. Cumplido el compromiso de la discreción, consideró que era el momento de salir al balcón de su televisión regional y frente a las cámaras y un enjambre de periodistas, al tiempo que anunciaba, con supuesta arriesgada anticipación, el triunfo de Aguirre, soltaba una elocuente y una encendida apología de la democracia, que no venía mucho a cuento. En ese momento, un renovado Gallardón anunciaba su protagonismo presente y futuro. Dos días más tarde se confirmaba su estrategia cuando presenta a la opinión pública madrileña los presupuestos municipales, con un aumento en la recaudación tributara del 26 por ciento. El alcalde Gallardón necesita mucho más dinero para mejorar algunos de los muchos problemas sociales y de seguridad de la capital, que todo el mundo agradece y estimula, pero también para dejar su impronta y pasar a la historia como un nuevo Carlos III, con obras muy ambiciosas, sin duda alguna importantes, para las que no cuenta con los recursos económicos suficientes. La solución: aumentar impuestos y tasas y endeudarse. El alcalde Gallardón se carga una de las cosas de las que presumía Álvarez de Manzano y que los madrileños agradecían: ser uno de los ayuntamientos con impuestos más bajos y con menos deudas de España. Quede claro que su empeño y ambición de ser un gran alcalde para Madrid es legítimo.