LA SOCIEDAD catalana es muy plural, dicen. Un ejemplo de convivencia, insisten. Sólo falta añadir que el caballo blanco de Santiago es blanco. Cualquier sociedad occidental es plural, de modo que la convivencia no es un don privativo de los catalanes sino una de las reglas de juego básicas que el sentido común del ciudadano aplica y exige en su legítimo afán de vivir con la mayor tranquilidad posible Dentro de las inconveniencias que supone vivir entre tantas diferencias. Así en Barcelona como en Kansas City. Subrayar lo obvio es un ejercicio de ociosidad que le viene muy bien al perezoso que habla y al perezoso que escucha: éste no pondrá objeción a lo dicho y el primero se ahorrará explicaciones. En Cataluña se viven las contradicciones que el mundo que le ha tocado en suerte le impone lo mejor que se puede, es decir con dosis de resignación, con dosis de rechazo, con la de racismo, con dosis de Barça, Barça, Barça más o menos masoquista, con la de incivismo, con los días laborables y el margen de ilusión compensatorio de los festivos, con su catalanidad fundamentalista y con su contraria, la dosis de catalanidad cansada de tanto nacionalismo de odas a la botifarra , el que exalta un patriotismo de vanidad nacional, excluyente en todos los sentidos y ámbitos, con estudiado disimulo, eso sí, si el ámbito es circunstancialmente aprovechable a sabiendas de que será luego circunstancialmente desechable. Ha comenzado la campaña hacia unas elecciones en Cataluña que se autodefinen como las del cambio. Pujol, sin perder protagonismo gracias a los numerosos homenajes de despedida televisados que se le ofrecen a diestro y siniestro, cede paso al candidato sucesor Mas, ese señor que a la primera cabezadita de Pujol tras veintitrés años de mandato sin posibilidad de echar cabezaditas, por poco nos hace entrar en guerra con Andorra a propósito de selecciones deportivas. Tuvo Pujol que coger el coche oficial con fin de trayecto en Andorra y darles una conferencia donde coló la solicitud de perdón. Del otro bando, el príncipe Maragall buscando la horma del zapatito de cristal entre las filas de los independentistas de Esquerra Republicana y de Inciativa per Cataluña, sección local de Izquierda Unida. Y Zapatero tomando tila. Es el que más se juega con los resultados.