El paréntesis de la responsabilidad rectoral

| JOSÉ LUIS MEILÁN GIL |

OPINIÓN

28 oct 2003 . Actualizado a las 06:00 h.

EL 10 DE AGOSTO de 1990 publiqué en La Voz un artículo con este título. Iniciaba entonces mis responsabilidades como rector de la Universidad de A Coruña y suspendía mis esporádicas colaboraciones periodísticas con el objeto de evitar que mis opiniones personales sobre acontecimientos de la vida pública pudieran interferir con lo que era la posición institucional en la Universidad. El 30 de septiembre se cerró el paréntesis entonces abierto. Me considero liberado de mi autolimitación. Atrás he dejado trece años largos de lo que entendí servicio al interés general, singularmente al sistema universitario de Galicia, desde mi dedicación a la Universidad de A Coruña. No pensé al principio que duraría tanto la singladura. El río de la vida traza cursos y meandros no siempre predictibles. En todo caso, no se puede remontar. Como servicio prestado a la sociedad, queda a su juicio. Las descalificaciones gratuitas, lo no veraz, los prejuicios y resentimientos, que no honran a quienes los practican, quedan enterrados en las hemerotecas. He tenido la oportunidad de ayudar a la configuración y desarrollo de la Universidad, en la ciudad en que nací, y en Ferrol, a la que profeso análogo sentimiento. Quizá una forma rápida de expresar lo realizado sea recordar que un 2 de agosto de 1990 entré en un sexto piso de una casa en la misma calle en que tenía -y tengo- mi despacho privado y el 30 de septiembre de 2003 salí de un amplio edificio unánimemente elogiado. La raquítica herencia recibida al desgajarse de la centenaria Universidad compostelana se ha multiplicado hasta convertirse en una auténtica universidad en todos sus aspectos. Quizá la sociedad no la conozca bien y desde dentro no se haya proyectado la imagen que reclama la realidad. He querido contribuir a que una universidad joven, con todo el futuro y muy poco pasado, tuviese una presencia significativa en el mundo universitario, dentro y fuera de España. No tanto como el Dépor ha hecho con La Coruña (sic) y no llegando a Bebeto o Mauro Silva, cumplí con esa misión desde los puestos, por elección, de vicepresidente primero de la Conferencia de Rectores de Universidades Españolas y de presidente del Comité Español Universitario de Relaciones Internacionales, durante dos mandatos cada uno. De aquello son muestras el Consejo Universitario Iberoamericano, que integra a los representantes de todos los sistemas universitarios de ese ámbito, constituido hace un año en Cartagena de Indias, cuyo primer y decisivo paso se dio en el pazo de Mariñán, así como la Asociación Universitaria Iberoamericana de Postgrado, de cuya comisión ejecutiva formé parte diez años. La vida, afortunadamente, sigue. Ahora, como catedrático emérito de la Universidad, que haré compatible con el Consejo de Estado -nombramiento sumamente honroso- y el ejercicio profesional del Derecho. Dispuesto a reanudar la investigación interrumpida, a cumplir compromisos editoriales postergados y a seguir, en la medida de mis capacidades, las inquietudes de nuestro tiempo, entre las que ocupan lugar preferente las de este entrañable país que se llama Galicia. Doy gracias a Dios por esta vida. Agradezco las muestras de consideración y de afecto que he recibido al cerrar el paréntesis rectoral y, de un modo singular, a este diario que me acoge.