NINGÚN GOBIERNO español de la democracia se encontró con un desafío mayor que el actual: la Propuesta de Estatuto Político de la Comunidad de Euskadi , que así se llama el plan Ibarretxe. Se supone que está reaccionando como corresponde: con contactos discretos con el PSOE; con estudios jurídicos sobre cómo se detiene legalmente la ofensiva; con consultas judiciales para ver hasta dónde se puede hacer valer el peso de la ley; con preparación de ideas-fuerza que ayuden a contrarrestar la propaganda de Ajuria-Enea; y con la invitación del presidente a la movilización social. De esto último es de lo único que tenemos constancia. El resto se supone. Es lo que sugiere la lógica. Hablemos, pues, de movilizarnos. Usted y yo estamos invitados. El poder descarga sobre nosotros una parte de la respuesta a la osadía nacionalista. Lo malo es que no sabemos qué hacer. ¿Me dispongo yo a escribir decenas de crónicas acusando a Ibarretxe de ejecutor de los designios de ETA? ¿Le incito a usted a que vaya pintando pancartas de Ibarretxe kampora para salir un sábado a la calle? Llamar a la movilización se me antoja un recurso dramático, agónico, necesario, pero también fácil. Al menos, mientras no se acompañe de una orientación mínima, de un lema, de una consigna y de un espacio geográfico. Esto último, el espacio geográfico, es lo importante. Para frenar a Ibarretxe, no es igual una movilización en Galicia o León que en el País Vasco. Quienes vivimos fuera de Euskadi no necesitamos mayores discursos. Los tenemos todos en boca de Aznar, sus ministros, los dirigentes socialistas y los líderes de opinión. Estamos muy convencidos de la maldad intrínseca del lendakari y de la perversión de sus intenciones. Y hasta podríamos convocar manifestaciones mayores que todas las celebradas contra la guerra de Irak. Y después, ¿qué? El efecto sobre Arzallus, Ibarretxe y el conjunto del nacionalismo sería nítido: cero. Si hubieran valido de algo las opiniones expresadas fuera del territorio vasco, Arzalluz tendría que haberse marchado hace seis años: cuando dejó de decir que Aznar era «un hombre de palabra». La única movilización útil será la que haga la atemorizada sociedad vasca. Por ejemplo, la que acaba de hacer el BBVA, al pronunciarse por la Constitución y el Estatuto. Fuera de allí, los gestos son meritorios, pero poco útiles. Lo ha demostrado José María Cuevas, presidente de CEOE, en fecha reciente: se pronunció a favor de aplicar el artículo 155 de la Constitución, ¿y qué consiguió? Que al día siguiente se desmarcara la patronal vasca. Conviene no olvidarlo, porque el plan Ibarretxe, donde se pierde o se gana, es en Euskadi. Fuera de allí, todos somos espectadores.