NUESTRAS celebridades de la fauna y flora políticas sufren la triple manía compulsiva de dejar pudrir los problemas viejos, crear otros nuevos sin necesidad y no prevenir ninguno de los venideros. Parece enfermedad contagiosa. Andan algunos removiendo Roma con Santiago para que la Constitución europea recoja una mención expresa a las raíces cristianas del Viejo Continente. Decepciona que los que se dicen cristianos ignoren que su religión no da pistas seguras para organizar la ciudad terrena. Y preocupa mucho que como políticos profesionales no entiendan que se trata de diseñar un futuro de nueva planta que no puede avalarse con un pasado causante, entre otras formas de barbarie, de quemas de brujas y herejes. Después de meternos, por narices y contra el derecho internacional, en un fregado bélico que nos costará pagar las consecuencias de la desconfianza de nuestros socios europeos y la enemiga del mundo árabe, ahora pretenden embutirnos la legitimidad de «acciones anticipatorias» contra el enemigo invisible en cualquier lugar del planeta. Eufemística versión ibérica de la doctrina del señor Bush: talados los árboles, se acaban los incendios. Los chicos del PNV hacen su particular hoja de ruta para convertirse en estado asociado. Como llevar pasaporte español es una carga muy pesada, los nacionalistas vascos lo soportarían doble. Los otros, por aquello de la indisoluble unidad, amenazan con separar Alava del País Vasco separado; y como están por la Constitución y la Ley, pues nada mejor que reformar el Código Penal para poner a la sombra a Atutxa por delitos ahora no punibles. Demócratas hasta los tuétanos, en Madrid han repetido las elecciones a la Asamblea porque dos diputados réfugas contaron más que los otros ciento y la madre. Y no la santa que los parió.