LA GRAN VICTORIA del Deportivo sobre el Andorra CF en su populoso estadio de la ribera oriental de Aragón tiene un lado cómico pero también significativo de a dónde lleva la estulticia recubierta con la bandera nacionalista para tapar las propias vergüenzas. Mucho querer tener una propia selección asociada a la del pequeño valle pirenaico para evitar competir con la bandera de España y ahora resulta que, a este paso, el equipo que era más que un club, va a terminar jugando por esos campos de las montañas con contrincantes de su mismo nivel de juego, que no económico. Lo de Andorra es simbólicamente significativo de la deriva nacionalista, pues no deja de ser un pequeño país, políticamente casi del Antiguo Régimen medieval, durante siglos copresidido por un prefecto francés, el obispo de Urgel y una autoridad local, pero con la ventaja de tener el catalán como lengua oficial. Antes, muchos catalanes hacían escapadas para hacer compras baratas. Ahora la cosa es que los nacionalistas de Mas pretenden que Andorra sea socio y modelo de retromodernidad compartida. Un relicto, como dirían los ecólogos, donde puedan sobrevivir especies que van quedando al margen de la evolución. Y hablando de evolución, cada vez se echa más en falta a políticos autóctonos inteligentes como un Cambó en Cataluña o un Landeta en Vasconia cuando decía: Separatismo significa revolución¿ La acción nacionalista a base de separatismo e independencia, es un laberinto o callejón sin salida en el que irremediablemente se malogran, se frustran, se asfixian por falta de aire respirable los más grandes esfuerzos y nuestros mejores anhelos y deseos. Porque el romanticismo clerical antiliberal originario de un Milá y Fontanals que inspiraría al Arana barcelonés no da para más. O quizás para Mas y para menos.