La cruda realidad

| EDUARDO CHAMORRO |

OPINIÓN

HAY MUCHAS maneras de intentar cocer la realidad para darla por supuesta. Incluso hay muchas maneras de darla por cocida. Una de estas maneras pasa por la afirmación del mundo como el territorio dominado por una potencia hegemónica, y es la utilizada por quienes critican -desde la izquierda y desde la derecha- semejante estado y condición de las cosas. Otra es el multilateralismo como moral ineludible a esta altura de los tiempos. Pero las cosas son ágiles en el curso de sus apariencias, y los tiempos se remansan poco. Las vidas y los tiempos se nutren mutuamente en la aproximativa espiral de las cosas, y el mundo en que vivimos y la vida en general no se despliegan en escenarios hábiles para que sobrevivan los gigantes. Ahí está la historia de los imperios que hoy alientan en el polvo, así como las peripecias, más concretas y no menos históricas, de los dinosaurios o del pobre Goliat (sin que se pueda decir que al enardecido David le fueran luego muy bien las cosas). El multilateralismo tampoco tiene tanto que ver con una teoría deseada, tal vez moral, de la realidad y de los tiempos, como con una práctica de la realidad constantemente obstaculizada por la intención, la voluntad y los intereses de cada uno o varios de los ingredientes que la constituyen. El acuerdo unánime alcanzado por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas para la resolución 1511 no habría sido posible de no ser por Siria y Rusia. Siria está muy lejos de ser una gran potencia, y Rusia hace todo lo que puede por aparentarlo (y a veces llega). En lo que ambas coinciden más expresamente es en su intento de influir y modificar esa gran potencia ambiental, pero tampoco hegemónica, a la que hemos dado en llamar «islamismo» (porque, desdichadamente, no sabemos o resulta imposible desligarla de lo que entendemos por Islam). Siria lleva años a trancas, a barrancas, a tientas y a ciegas buscando entre contradicciones el modo de introducir entre los árabes un principio de racionalidad y pragmatismo laico que abra paso a una política realista, autóctona y moderna en Oriente Medio. No es cosa fácil en una zona tan inestable y de estructuras tan disipativas. Rusia, por su parte, llamó a Francia y a Alemania para persuadirlas al acuerdo en el Consejo de Seguridad desde Malasia, que es donde estaba Putin como observador en la Organización de la Conferencia Islámica. La resolución 1511 allana, entre otras cosas, el camino de la Conferencia de Donantes para Irak que hoy se inaugura en Madrid, como un nuevo escenario para la diversidad de las supuestas hegemonías y la variedad de los multilateralismos. Porque en Madrid se reúnen quienes están dispuestos a poner dinero en el futuro de Irak, pero también quienes quieren recuperar el dinero que invirtieron en el pasado más cercano de ese país, cuestión enojosa desde más de un punto de vista, y no sólo en razón de lo que suministraron a Sadam Huseín. Francia, Alemania y Rusia son acreedores de Irak. También lo es Corea del Sur -por mencionar una potencia mínima- y, así, hasta una deuda de trescientos cincuenta mil millones de dólares. Tal es una de las crudas realidades de esta conferencia auspiciada por la ONU, organización que algo tendrá que articular a ese respecto y en todos los sentidos. Que Dios y Alá repartan talento y les cojan confesados.