LOS GALLEGOS vamos a tener que cambiar la dieta alimenticia. Hacerla a base de pan, pollo, algo de porcino y huevos. Muchos huevos. Por lo visto nos están vetados los cereales, el café con leche, la fruta, las legumbres y las patatas. La información que ayer ofrecía este periódico sitúa a nuestra comunidad con una escalada inflacionista en alimentos frescos muy superior a la del resto de España. Parecen escasamente rigurosos y creíbles los argumentos que se nos dan sobre los efectos negativos que los calores del verano han tenido en el incremento de los precios de artículos de primera necesidad. De aceptarlos, las altas temperaturas habrían aumentado algunos precios en hasta un cien por ciento. Cuando no es la sequía, es la ola de calor. Cuando no son las inundaciones, son las heladas. Y aunque hay que aceptar que las cifras del IPC dependen sobremanera de la coyuntura, son otros los motivos por los que padecemos una escalada de precios que comienza a resultar insufrible. Hace tiempo que el Ministerio de Economía anunció su propósito de investigar los orígenes de por qué los precios se disparan desorbitadamente. Pero nada ha hecho. Hace ya tiempo que nos prometieron actuar contra las prácticas abusivas de mayoristas, distribuidores e intermediarios. Sin resultados. Se amparan en la fuerte demanda, en las cargas fiscales y hasta en la borrasca de las Azores. A este paso, los gallegos vamos a tener que habituarnos a hacer los menús a base de frijoles, habichuelas, pepinos y papaya. Aunque bien es verdad que, al acudir a las tablas de inflación de los productos de primera necesidad, nos queda el consuelo de comprobar que el precio del detergente ha bajado un 10,4% y el de la lejía un 47,7%. Que no está nada mal. Para que, al menos, seamos cuidadosos con nuestra higiene. Es lo que nos queda.