NADIE PUEDE restar méritos a Shirin Ebadi, la jurista iraní a la que han dado el Nobel de la Paz. Su valor moral, e incluso físico, para enfrentarse a la potestad terrible de los ayatolás, es encomiable y merece toda la admiración y el más incondicional reconocimiento. Pero Shirin Ebadi es joven y fuerte, podría haber esperado uno o varios años, y lo habría aceptado si se lo hubieran pedido, ante razones de fuerza mayor. Habría aceptado esperar, porque la generosidad es la médula de lo heroico. Shirin Ebadi es defensora a todo riesgo de los derechos de la mujer, no sólo en Irán sino en todo el mundo islámico. En lo suyo es tan claro el mensaje como interiorizado el testimonio con que asume ese compromiso. Habría esperado si se lo hubieran pedido. Ni ese premio Nobel -de la Paz-, ni ningún otro, se concede a los muertos. Y había otra candidatura, de un apóstol de la paz sin condiciones ni medida, que carecerá de curso para la próxima convocatoria de ese galardón si, como parece lo más probable, cesa un día próximo el milagro de supervivencia militante que lo mantiene en pie. Este Pontífice, feliz y dolorosamente reinante, se habrá felicitado por el reconocimiento que se ha hecho de una apuesta vital en la defensa de la dignidad humana. Pero el orbe católico esperaba que la concreta especificidad de la convocatoria -la defensa de la paz entre los hombres- hubiera reconocido lo específico, concreto y singular de los esfuerzos realizados por Juan Pablo II en pro de esa causa, frente a la guerra de Irak, antes y después. La razón de oportunidad -debelar el búnker sectario de Teherán, que secuestra al Gobierno de las mayorías iraníes- no debió primar sobre el principio de justicia. No hay razón política, por oportuna que sea, que deba prevalecer sobre la paz de lo justo. Este Nobel de la Paz no debió imponerse sobre la justa paz del Nobel.