CARTA te debo, otoño, y carta te escribo. Desde mi ventana abierta al bosque observo cómo el abedul muda la color igual que la noche transita su venida hasta alcanzar el alba. El peral del huerto está cuajado de peras, sin duda es la fruta del otoño, un manjar para paladares cultos capaces de interpretar los sabores como quien lee una partitura. Recuerdo con la mirada vagando por entre los recuerdos el otoño gallego, que es lento y largo, de prematuros atardeceres, preludio de un invierno que todavía no se intuye. Viene delante, cansino y cantarín, el pesado carro de las lluvias, como un pregón de todas las mañanas. Viaja con él el aguacero y también la treboada, el traidor y procaz chubasco que va anunciando que la tarde ya declina en la cenefa de sombras que van cubriendo la noche. El otoño es tibio en Galicia, igual que un despertar perezoso de día domingo o de fiesta de guardar. El otoño es un canto coral en todos los bosques y fragas de Galicia. La alfombra de los vientos fue descabalgando de los árboles las hojas marchitas que van tejiendo un matiz de ocres y de oros sobre los caminos que se confunden huérfanos de pisadas y olvidan los destinos y las encrucijadas. Se fue el verano navegando la mar, atravesando océanos, siguiendo, acaso como Homero dejó escrito, una ruta del sol. Huyó el verano en un velero que viaja por el borde de los océanos para cartografiar un nuevo mapa del mundo. Querido otoño, te aguardaba para saludarte en esta bienvenida, te dejo que seas tú quien te escribas a ti mismo y cuentes una vieja leyenda que yo leí en Cunqueiro y que da cuenta de las hojas secas que abate el otoño, que amarillean y secan porque la sangre de Odín salpicó la copa de la encina y desde entonces brotas, otoño, en las ramas de los árboles convirtiendo las verdes hojas en pálidos dorados. Otoño, en esta carta yo sólo pongo el remitente. Y la melancolía, y la memoria, y recupero octubre en el vuelo de los pájaros, que en estos días hacen estación y posada en mi pueblo las tórtolas y los alcatraces, los gansos y los cormoranes que viajan buscando los cálidos territorios del vecino continente. Mientras voy ubicando recuerdos, me dejo embriagar por el perfume vegetal que aromatiza todo el bosque. Setas y hongos salpican de maderas orientales las esencias que transporta el aire. Todo el bosque es una fiesta de olores novicios. Carta te escribo, y te imagino otoño, recién inaugurado poniendo esa bisagra de latón envejecido entre el estío y el invierno, cuando ya están reventando las castañas en los castaños y se presienten las nueces en los nogales. Toda la fauna del bosque se despereza, bulle el tejón en su madriguera, la liebre agrimensora que no sabe de lindes, se abriga con su manta de púas el porco teixo, el jabalí es dueño y señor del monte, mientras el lobo espera por las primeras nieves.