IR AL ESTADIO, reventarle el hígado al vecino y abandonarlo muerto sobre el césped, ya era delito en tiempos de Pericles, lo que no impidió que la tragedia volviese a repetirse, veinticinco siglos después, en el derbi de San Lázaro. Por eso me extraña que la ministra Del Castillo, que es politóloga y sabe de estas cosas, se haya dejado arrastrar por las jaculatorias de Acebes y Michavila, y, en vez de hablar de las causas que explican esta violencia, y de los medios para evitarla, nos haya endilgado el sempiterno remedio del Gobierno popular: cambiar la ley, aumentar las penas, y esperar que no se repita. Porque si Dios no ayuda, y los hechos se repiten, no tendremos mejor idea que volver a modificar la ley, seguir aumentando las penas, y esperar otra vez a que el cielo nos proteja. Aunque nada sé del Riazor Blues que mató a Ríos Suárez, estoy seguro de que no es un asesino profesional, que no mata por matar, y que nunca se le ocurriría espantar una mosca, en el banco de una iglesia, en la boda de un amigo. Por eso tengo la convicción de que su repugnante acción sólo se puede producir en el marco de la competición futbolística, con la ayuda del alcohol, y después de haber disuelto su personalidad en la gregaria actitud de una hinchada que encarna la peculiar cultura del espectáculo que hemos forjado a lo largo de muchos años, con enormes recursos económicos y con una complicidad mediática y social fuera de toda duda. La muerte de Manuel Ríos no se evita hurgando en la ley, ni criminalizándolo todo, ni haciendo más cárceles. Porque los hechos de Santiago son producto de la alienación, y porque a una persona alienada no se la para con amenazas ni se la convence con silogismos. Sorprendidos por este crimen -que tiene dos víctimas y ningún beneficiario- no nos queda más remedio que castigarlo con justicia y ecuanimidad. Pero también hay que saber que los castigos por sí solos no solucionan los problemas, y que incluso pueden llegar a agravarlos cuando, como sucede en este caso, queremos lavar nuestra mala conciencia a base de apretarle las clavijas al autor de la tragedia. Lo que hay que hacer es cambiar la cultura del futbol, relativizar su importancia social y mediática, generar alternativas lúdicas y sociales, y convertirlo en el puro espectáculo que es. Porque si el ambiente no cambia, y si la gente sigue creyendo que es más importante tener un club en Primera que una buena universidad o un buen hospital, se partirá los cuernos por los colores, tomará borracheras a la salud del triunfo, y dará patadas al hígado del vecino para engrandecer su ciudad. Es lo que hizo, y la desgracia que tuvo, el asesino de San Lázaro.