LA POLÍTICA oscila ya casi solamente entre lo trágico y lo cómico. Trágico es el hundimiento de israelíes y palestinos en ese pozo del horror en que se ha convertido el conflicto sobrecogedor que los enfrenta desde hace medio siglo. Como trágico es el viaje suicida de los aventureros dirigentes peneuvistas hacia la escisión de una sociedad que tienen la obligación de gobernar pensando en el interés de todos y no sólo en el de los nacionalistas (incluidos los que defienden sus delirios a golpe de pistola). O como trágico es, en fin, que la única política europea sostenida en materia de inmigración sea la desarrollada por las mafias que trafican con personas. Pero, junto a lo trágico -que, como aquella casa tomada del célebre relato de Cortázar, avanza imparable en diarios y boletines de noticias-, lo cómico (también, claro está, lo tragicómico) lucha, armado de uñas y dientes, por su espacio. ¿O es que no resulta cómico que Schwarzenegger pueda acabar de gobernador de California? ¿Se imaginan? Un musculitos , que sólo ha acreditado ser capaz de poner cara de maloso y de meter mano a varias compañeras de trabajo, pero que probablemente no sabrá nada de política, gobernando un territorio cuya importancia demográfica y económica supera la de la mayor parte de los Estados del planeta. ¿Y qué me dicen de los asesores de George Bush? Alucinantes. Ayer contaba Bárbara Celis, corresponsal de La Voz en Nueva York, que acaban de convertir al presidente americano en bardo aficionado: un poeta que escribe a su mujer («mi bulto en la cama», según su elegantísima metáfora) ripios que para sí quisiera Don Pedro Muñoz Seca: «Yo me estoy poniendo azul/ viendo cómo te besa ese chico/francés encantador». Toma del frasco, Carrasco. Con esa maña literaria piensan, al parecer, los asesores vender a Bush como podrían vender melones (¡y nunca mejor dicho!) en una superficie comercial. Es la política no como espectáculo (pues un espectáculo puede ser digno y admirable) sino como barraca de charlatanes y bocazas. Eso será, en fin, si nadie lo remedia, la campaña que arranca el viernes en Madrid para la elección de su Cámara autonómica: una gran feria protagonizada por los mismos angelitos que nos han conducido a la vergüenza de que por primera en 25 años unas elecciones hayan de volver a celebrarse. Es, todo, lo que podríamos llamar la democracia divertida. Quizá porque me voy haciendo mayor, yo les confieso que prefiero, sin duda alguna, la aburrida. Sí, la aburrida, con ese aburrimiento que pone las condiciones políticas necesarias para que los seres humanos podamos aspirar, discretamente, a ser felices.