LA CAMPAÑA para las elecciones madrileñas del próximo 26 de octubre (primeras autonómicas -no se olvide- que han de repetirse en nuestra joven democracia) no despierta un entusiasmo inenarrable precisamente. El fiasco del 10 de junio que supuso la traición de Tamayo y Sáez, de un lado; la marrullera comisión de investigación de esa traición, de otro; y, sobre todo, el lodazal en que parece haberse convertido la política en Madrid (toques lo que toques, huele a podrido...) va a hacer buena la expresión de Indro Montanelli de «tappatevi il naso...» (tapaos la nariz... y votad), aunque el periodista y escritor italiano aconsejaba cubrirse el apéndice nasal para optar por la democracia cristiana que, al menos con tal nombre, no existe en nuestro país. Porque del 10 de junio hasta hoy si algo ha cambiado ha sido a peor. Aquella aciaga mañana señalada para algo tan solemne como la formación de la Asamblea resultante de las elecciones de mayo se saldó con la aparición de dos truhanes que hacían imposible un gobierno en la autonomía de Madrid. Pero lo que ha venido luego podría resumirse en la sospecha como instrumento para intentar resolver discrepancias y un techo de hormigón armado de la casa común de los políticos bajo el que se esconden intereses espurios, muchas miserias y escasas grandezas. Y entonces... ¿qué votamos? ¿La lista encabezada por Rafael Simancas que albergó a los truhanes y que ha sido incapaz de la más mínima autocrítica? ¿La que encabeza Esperanza Aguirre, cuyo partido tiene como secretario general en Madrid a un individuo que olvida ante una comisión parlamentaria quién le paga el sueldo y la Seguridad Social? ¿O la de quien lleva como portavoz en la comisión que investiga a los dos truhanes socialistas a un laboralista que invierte en ladrillos lo que cobra a sus clientes, casi siempre trabajadores despedidos, por la vía del porcentaje sobre la indemnización que obtienen, que es práctica extendida pero que prohíben los colegios de abogados? Nos queda la lista de los dos truhanes y otras 18 candidaturas más ya proclamadas y que van desde Falange hasta el Mutuo Apoyo Romántico -y no es coña- o la asociación de viudas y esposas legales. Pero estoy seguro de que si metiéramos la nariz en cualquiera de esas listas tendríamos que acabar tapándonosla.