EL DISCURSO de Aznar sobre Europa es tan obvio, y tiene tanta lógica, que resulta estéril, y todo apunta a que, tomando como referencia esa frontera sutil que separa lo sublime y lo ridículo, la política comunitaria de España está más próxima al disparate que a la genialidad. Porque, si bien es cierto que el Tratado de Niza se basa en un reparto de poder y en un modelo de cohesión que sirvió para la ampliación a 25, también es verdad que ese consenso no marca el final de la historia europea, y que nadie debería invocar la ayuda de la foto fija para detener el tren del futuro en la estación que más le convenga. Lo que hoy se debate en Roma no es, como dice Aznar, un simple reparto de poder, sino la senda constitucional que hace posible la Europa del futuro. Y, puesto que lo obvio no equivale a lo bueno, ni lo lógico es sinónimo de inteligente, sería bueno que nuestro Gobierno se preguntase cuál es, de verdad, el camino del progreso, en vez de preguntarse hasta que punto tenemos una oportunidad para incordiar, hacernos ver y buscarnos la enemiga de todos, antes de acabar cediendo a la razón. Lejos de estar ante una propuesta que «perjudica» a España, lo que nos ofrece la Convención es una fórmula equilibrada y razonable de proceder hacia un futuro en el que España ya no puede seguir jugando a la vez el papel de rico y el de pobre, el de grande y pequeñito, el de centro nuclear del poder europeo y Pepito grillo a las órdenes de Bush. Y por eso, aunque es verdad que el proyecto de Constitución hace decaer nuestra capacidad de veto y abre la senda a un sistema de poder mixto, que computa Estados y población y aumenta el control de los grandes, también es verdad que ese modelo es más justo, realista y eficaz que el actual, y que es la única vía para que progrese esa Unión política y económica que nos permite sacar pecho en el mundo, mantener el crecimiento de nuestra economía, progresar en todos los parámetros del bienestar, y gastarnos en espías y armamento las fabulosas cifras que necesitamos para hacernos una foto demagógica en las Azores. Pero nada de eso le importa a un presidente que, sobre el hecho de haberse creído un liderazgo que abronca en público las cuentas de Alemania y la diplomacia de Francia, parece cautivado por una práctica interior que le permite tratar la idea de España y su Constitución como si fuesen autos de choque, que andan y paran, adelantan y retroceden, o van de un lado para otro en función de las necesidades de exhibición que tiene el conductor. Y aunque es cierto que en España tiene mucho éxito, porque estamos en ferias, creo que en Europa le van a cortar la corriente. Cosa que yo espero y celebro.