RINCÓN DEL VIENTO
17 sep 2003 . Actualizado a las 07:00 h.EN LA ESTANTERÍA del salón de casa, cando yo era rapaz, había varios libros inquietantes. Parecían mirarme con ojos muy abiertos, incitando a su lectura. Uno de ellos, de gastadas pastas crema, llevaba por título Prisioneros del mundo atómico , de Erwin K. Oppenheimer. Lo devoré una noche cualquiera del bachillerato. Comenzaba: «Recordaré siempre aquella mañana de junio...», y concluía con un espeluznante «Uníos, uníos rápidamente, o no tardaréis en perecer». Y, en medio, la aventura de Erwin, Hans y Julio, los tres sabios atómicos nazis llevados a EE. UU. para continuar allí las investigaciones iniciadas bajo Hitler en Penemunde. Hace días recibimos la noticia de la muerte de Eduardo Teller, otro de aquellos investigadores, nacido en Budapest y tenido por padre de la Bomba H. Este estaba lleno de odio. Oppenheimer, en cambio, apostó al final por la paz atómica en una confederación pacífica de todos los pueblos de la tierra. Sigo prisionero de ese libro.