SUECIA, admirable por tantos motivos, lo es también por su neutralidad tradicional, su pacifismo, lo avanzado de sus conquistas sociales y el profundo sentido de igualdad que impera en su sociedad. No es casualidad ni simple desvestimiento social, sino una profunda convicción, lo que les llevó, hace ya más de treinta años, a desterrar el «usted» en sus relaciones personales, cosa que tanto extraña todavía entre nosotros, herederos del valorar las almas más por su peso que por su número y bien próximos en el tiempo al famoso «no sabe usted con quién está hablando». La coherencia del pensamiento exige a los suecos que sus políticos no utilicen escolta, al menos cuando se dedican a sus actividades privadas: ¿por qué atentar contra el igual, contra quien, sin boato ni soberbia, carga con los problemas de todos y trata de ayudar a resolverlos? Y, sin embargo, la contradicción, como el suicidio, también anidan en la ingenua e idílica sociedad abierta.