LA ACCIÓN transcurre en la metrópoli más moderna del orbe. Dos inmensos proyectiles guiados por sacerdotes fanáticos profanan los altares gemelos del nuevo mundo en nombre y revancha del suyo. Desvanecido el polvo del derrumbe, sólo emergen las imágenes de un silencio pastoso. Nueva York se aleja y se desdibuja y es preciso volver a imaginarlo. Cuando las cosas suceden en EE. UU. tienen con frecuencia un aire rituario y pueril que, sin embargo, a veces resulta paradójico: pueden pasar desapercibidas las más grandes atrocidades o contagiarse a todos como la lepra del Príncipe. Esta vez ocurrió lo segundo. Andamos desde entonces por los círculos del infierno, creyentes y no creyentes, llenando el mundo de batallas y venganzas. Cuando Dante G. Rossetti leyó Cumbres borrascosas parece que se acordó de su homónimo clásico: «la acción -afirmó- transcurre en el infierno, pero los lugares, no sé por qué, tienen nombres ingleses».