EL PROBLEMA del BNG, que se encarna y opera en todos sus líderes y militantes, es que no saben distinguir entre las definiciones y las percepciones. Su análisis de la realidad política está condicionado por las mismas claves que le sirvieron para escribir su historia, y por eso empiezan a estar convencidos de que esa barrera invisible que les cierra el paso hacia Raxoi está construída por nuestra incapacidad para entenderlos, en vez suponer, al menos como hipótesis, que pueden ser ellos los que no saben explicarse. Cuando percibimos un partido desestructurado y mal dirigido, y le reprochamos sus carencias, nos contestan, pletóricos de razón, que son un frente y no un partido, y que los mismos desajustes que en un partido clásico habría que calificar como vicio, son, en un frente, virtud. Cada vez que les achacamos bicefalia, o confusión de liderazgos, echan mano de los silogismos en bárbara para endilgarnos el rollo de que la bicefalia sólo se da en los partidos, y que, no habiendo liderazgos personales en los frentes, tampoco puede haber bicefalia. Y cada vez que les recordamos que tienen que aggiornar su credo, y que no se puede andar por Europa con los mismos fantasmas de hace treinta años, también tienen claro que las corrientes ideológicas y estratégicas son consustanciales al frente, y que, mientras estén claros los principos que vertebran su acción, carecen de importancia las contradicciones discursivas que se deslizan en la práctica política. Lo malo es que, ajenos a sus disquisiciones escolásticas, y decididos a no supeditar nuestras percepciones a sus definiciones, los electores del Noroeste estamos convencidos de que, lejos de ser un frente amplio y plural, con una dirección colegiada y un sistema de decisión asambleario, el BNG es un partido anticuado y mal organizado, con tribus y líderes que no se reconocen mutuamente y con fórmulas programáticas más viejas que Matusalén. Y por eso me temo que, si siguen empeñados en hablar su jerga política y mantener su estilo estudiantil años 60, va a venir Jesús Palmou -¡anoten el nombre, porque sé lo que digo!- y hacer con ellos lo mismo que hace Rajoy con el pobre Zapatero. El éxito electoral de Fraga y Aznar no está en su capacidad de hacer milagros, ni en la modernidad de sus ideas, ni en la complicidad que despiertan sus manías y obsesiones, sino en darnos la absoluta seguridad de que, si el país funciona, ellos no se lo van a impedir. Y eso, por desgracia, no saben asegurarlo ni el BNG ni el PSOE, que, en vez de responder a nuestras percepciones, siguen elucubrando sobre sus definiciones. Y en ese terreno los electores no tienen compasión. Lo sé por experiencia.