LA CONSIGNA del PSOE plural puesta en marcha por Maragall y seguida por la actual dirección socialista se está viendo lo que da de sí gracias al caso Alberdi. Doña Cristina es lo que en las viejas organizaciones estalinistas se llamaba «un pico de oro», gentes brillantes, con categoría intelectual, o prestigio social o profesional, con una preparación superior a la que sería probable encontrar en un dirigente o militante común. Gentes cuyas razones para su pertenencia a un partido o sindicato están lejos del cotidiano pane lucrando y por tanto se muestran menos sensibles a una disciplina partidaria basada en normas y consignas. Doña Cristina, como el sincero negro del Conde Lucanor denunciante de la desnudez del rey, ha tenido la osadía de exponer lo que todo el mundo con dos ojos en la cara y dos dedos de frente puede ver. Que el PSOE ha iniciado en los últimos tiempos una peligrosa deriva hacia su disgregación y posterior neutralización como real alternativa de gobierno que debe lamentar toda la ciudadanía lúcida y no sólo sus votantes habituales. En este caso, además del clásico enfrentamiento entre intelectual y poder, se plantea también el de los límites de la pluralidad y el sentido de la ortodoxia. Precisamente Alberdi puede ser represaliada por denunciar que en el PSOE actual no hay ortodoxia porque no existe un discurso único y en muchos lugares de España ni siquiera distinguible del de las fuerzas nacionalistas disgregadoras. El PSOE debe esforzarse por recuperar su sentido histórico clásico, que es la defensa especial de los intereses de los trabajadores, sin menoscabo de los generales de España, aunque sólo sea por la cuenta que le tiene a éstos. Comprender, con inteligencia y pensamiento, pero también querer desde el corazón de muchos de sus militantes y sus valores tradicionales de solidaridad y generosidad. Ojalá tenga éxito en ese esfuerzo en el que sobran ambiciones, pero no la Alberdi ni nadie de buena voluntad.