Argan y los «autonomólogos»

|ROBERTO BLANCO VALDÉS|

OPINIÓN

NUESTRO ESTADO de las autonomías ha acabado siendo como Argan, aquel enfermo imaginario salido de la pluma genial de Molière: fuerte y sano como un roble, pero rodeado de galenos empeñados en diagnosticarle toda clase de dolencias. El último consejo de médicos destinado a buscar remedio a los supuestos males del Estado autonómico español se reunió el sabado en Santillana bajo la batuta de Rodríguez Zapatero. El líder del PSOE presentó allí a sus facultativos autonómicos un informe destinado a demostrar los graves males que aquejan a la estructura del Estado, y a aportar los bálsamos con que sanar sus mataduras. El dictamen está lleno de buenas intenciones, pero al no acertar en el diagnóstico, yerra también en el tratamiento que propone. Pues, ¿cuál es, de existir, el padecimiento de la España de las autonomías? No desde luego el que denuncian los ideólogos que se han afianzado como los listos oficiales de la cosa en el PSOE, Elorza y Maragall, quienes reivindican, por supuestamente insuficiente, una pluralidad que constituye, sin embargo, la esencia misma de nuestro sistema de organización territorial. España es un país plural desde hace mucho y si alguna asignatura pendiente tenemos aún en ese ámbito no es otra que la del reconocimiento de la pluralidad interna en algunos de los territorios que la forman. No, no es la ausencia de pluralidad el problema de salud de nuestro Estado, sino otro bien distinto: el de la falta de lealtad a sus principios de los nacionalismos periféricos (y sobre todo, del que gobierna el País Vasco) que han convertido la lucha contra el modelo autonómico español en el carburante que les permite seguir con su motor electoral -el del agravio- a pleno rendimiento. El enfermo lo está, por consecuencia, sólo porque así lo afirman pro domo sua el nacionalismo gallego, vasco o catalán, que enseguida dice tener remedios maravillosos para devolverle la salud. Lo malo es que entre esos remedios no se encuentra casi ninguno de los que, con más o menos tino, ha acordado en Santillana el consejo de doctores socialistas. Con lo que, tal consejo, y, con él, el único partido con posibilidades de ser alternativa al Popular habrá acabado por hacer un pan como una tortas: en primer lugar, dando la razón al nacionalismo, que nace, crece y se multiplica afirmando que este país carece de lo que el PSOE contribuyó en su día como nadie a darle a España: pluralidad y descentralización; y en segundo lugar, dándosela también, al Gobierno y al PP que han decidido convertir la denuncia de la impericia de los autonomólogos oficiales del PSOE en el caldo de cultivo de su tercera victoria electoral.