La carta gallega

| PEDRO ARIAS VEIRA |

OPINIÓN

MARIANO RAJOY ha ganado la copa de la sucesión. En el 2004 quizás pueda haber un presidente del Gobierno central de origen gallego y elegido democráticamente. Sería la ruptura de una imagen histórica que nos asocia a la estela del antiguo régimen. En cualquier caso la mera designación de su candidatura recupera la imagen de Galicia como marca de calidad. La comunidad estaba destacando en casi todas las facetas de la vida económica, social, deportiva y cultural. Faltaba la guinda política, una esfera lastrada por la inercia del pasado. Con el reconocimiento de Rajoy se abre una nueva posibilidad para la renovación de la imagen política gallega, así como de la propia vida política interior en el terruño. Es nuestra asignatura pendiente. Es previsible que el reforzamiento de Rajoy en el ámbito estatal se traduzca en la renovación de la estructura interna del PP y con ella, por reflejo competitivo, de la del resto de los partidos políticos. También PSOE y BNG habrán de proceder a transformaciones internas para ajustar sus ofertas a la renovada competitividad del PP. Las municipales revelaron una importante crisis en el PP gallego, pero también las insuficiencias relativas de los oponentes para convertirse en fuerzas de alternativa hegemónicas. Con un candidato local y de la probada capacidad de Rajoy, las generales se les han puesto muy difíciles a socialistas y nacionalistas. Todo un vuelco potencial de las proyecciones electorales que pudieron formularse tras las municipales. El PP cuenta ahora en Galicia con un líder del máximo nivel que goza del mayor respaldo en el partido y en la sociedad. El PSOE se está haciendo el harakiri cotidiano tras la crisis de la asamblea de Madrid, y el BNG no está siendo capaz de renovarse a la altura de las demandas de los electores urbanos. Ambos tendrán que acelerar sus cambios internos en un corto período de tiempo y con un adversario que ha elegido un sucesor de probada capacidad. Rajoy ha ganado la carrera sucesoria por haberse mojado en los dos problemas más importantes de los últimos meses, la crisis del Prestige y la guerra de Irak. Ha dado la cara como vicepresidente político y en ambos casos ha estado a la altura, sin rehuir el debate en los momentos más difíciles. Y precisamente la carencia de líderes políticos puros era el talón de Aquiles del Partido Popular. La economía ha ido bien desde la primera toma de posesión de Aznar, incluso ha sido uno de los períodos más extraordinarios de la historia española. Pero la sensación de que el PP era sólo gestión económica rodeado de amplias carencias políticas, se mascaba en el ambiente. El acierto de la política económica tendrá continuidad (y será gestionada probablemente por Rodrigo Rato), a la que el olfato de Rajoy le dará otra componente más política. Aznar se retira de la escena española eligiendo la carta gallega, un candidato de la tierra de las meigas, donde la ironía es arte. Su sobriedad castellana y su sentido de la responsabilidad ha sabido valorar el mérito para el cargo por encima de otras consideraciones. Un gesto más que le habremos de agradecer.