EL 1 DE MAYO de este año, George Bush, en una singular comparecencia pública, dio por terminada la guerra de Irak. Detrás de él había una gran pancarta en la que se leía: «Misión cumplida». Casi cuatro meses después, el pasado martes, día 26, el presidente de EE.?UU. ha interrumpido sus vacaciones para prometer «una victoria completa». En medio, el adverso e ingrato saldo de más soldados muertos en la posguerra que en la guerra. Algo tan inesperado como imprevisto por los dirigentes neoconservadores que prepararon e impusieron esta contienda. Sin embargo, esta vez las prisas de Bush por comparecer en público y lanzar su mensaje no estaban alimentadas tanto por sus bajas en Irak como por el cambio observado en la opinión pública estadounidense. Las encuestas más recientes revelan la desconfianza de la mayoría en cómo se está gestionando la posguerra y señalan una decreciente popularidad del presidente. Y esto sí que es alarmante para la Casa Blanca. Bush ha utilizado en su última intervención el mismo tono rotundo y contundente que le ganó tantas simpatías después del 11-S. Dijo que nunca ordenaría una retirada de Irak y que la única opción es la victoria completa. Pidió perseverancia, paciencia y voluntad, y selló cualquier grieta por la que pudiese colarse la más leve duda. El presidente sabe que, si se apea de ese lenguaje de vaquero pudiente (en el cine quizá se correspondería con el del ranchero Chisum, interpretado por John Wayne), cundiría el desánimo entre los suyos, se desinflaría el globo del apoyo popular y habría que emprender el camino de vuelta en el menor tiempo posible. Pero Bush tiene aún algo definitivo a su favor: los estadounidenses quieren seguridad y, ante la sola idea de que una de sus ciudades pueda ser víctima de un nuevo ataque terrorista, apoyarán siempre al político que con más energía prometa convertir en irrealizable esa posibilidad. Y el hombre que maneja en estos momentos ese lenguaje con mayor determinación y contundencia es el presidente Bush. Su único problema es que dejen de creerle. Sería el precio de su misión incumplida».