«Enola Gay»

| PABLO GONZÁLEZ MARIÑAS |

OPINIÓN

RECONSTRUIR, pulir y abrillantar el Enola Gay es una decisión discutible en su fondo y en su oportunidad. Este resplandeciente avión se ha convertido ya en una idea y ésta a su vez en una imagen, terrible por cierto. Pero es también símbolo de la victoria aplastante del fuerte, del poderío implacable que castiga desde arriba. Por eso no es de extrañar que haya sido la administración Bush, tan henchida de ardor bélico, la autora de la restauración. Lo discutible viene de la idea de que no conviene ocultar la historia y que, siendo consciente de los horrores pasados, uno puede librarse de volver a caer en ellos. Pero hay símbolos que, además de odiosos, reúnen una dosis de morbo muy considerable. Y el morbo nunca tiene virtualidad de purificación catártica, sino vicio de recrearse en los detalles menudos de la desgracia. Lo que más moverá probablemente a esos cuatro millones de visitantes al año que se esperan en el hangar. Mejor hubiera estado el Enola Gay pudriéndose otros 40 años en el almacén de la historia.