DONALD RUMSFELD, el jefe del Pentágono, sigue poniéndole mala cara a todo aquel que osa pronunciar la palabra Vietnam en relación con lo que está ocurriendo en Irak. Para este halcón guerrero el parecido es simplemente imposible, por la simple razón de que hoy ya nada es igual que entonces. Estamos en otro tiempo histórico y en otra era militar. Y con esta explicación queda desestimada cualquier referencia. Pero la realidad es tozuda, incluso más tozuda que Rumsfeld y los suyos, y presenta cada día un panorama menos apacible y menos prometedor, con sabotajes y atentados cada vez más frecuentes contra las tropas estadounidenses. El goteo de muertos aliados, los cortes de agua en Bagdad, los incendios del oleoducto de Kirkuk al puerto turco de Ceyhan, el ataque a la prisión de Abu Gharib, etc., acreditan la actuación de una resistencia más o menos organizada que está poniendo en una situación muy incómoda a las tropas ocupantes. No, no se trata de Vietnam, ni existe un claro proceso de vietnamización, pero las armas las carga el diablo, y la intensificación de la actual tendencia conflictiva puede generar un marco bélico de resistencia guerrillera organizada, sobre todo en el llamado triángulo suní, cuyos habitantes fueron claramente beneficiados por Sadam Huseín. Los estadounidenses, tan brillantes en la guerra, no han sido capaces de generar un sistema de seguridad satisfactorio para los propios iraquíes en la posguerra. Y esto está pasando factura ahora. La opción de dejar pudrir la situación se ha revelado claramente negativa. El tiempo perdido se ha convertido en tiempo en contra. El suelo se reblandece y los estadounidenses empiezan a pisar en un pantano. Menos mal que la ONU, lejos de encapricharse por los excesos unilaterales de Bush y compañía, se ha brindado para buscar una salida internacional capaz de volver las aguas a su cauce, y de paso recuperar el Consejo de Seguridad como órgano de decisión y como poder coactivo de un Derecho Internacional siempre en ciernes. EE.UU. ya no desprecia ninguna ayuda porque empieza a tomar conciencia de la gravedad de la situación.