A CUALQUIER español normalito ha de sorprender el ver a millones de neoyorquinos abandonando presurosos sus casas y deambulando confusos por la ciudad y sus puentes, apiñados, sin camino cierto... simplemente porque se ha ido la luz. Un hecho tan frecuente y trivial para nosotros se convierte allí en un drama individual y social. No es sólo que no funcionen el ascensor, el frigorífico, los semáforos o que no se pueda recargar el móvil. Es algo más. Un miedo inconcreto se apodera de las gentes, ante el que el alcalde, también aterrorizado, pide calma. Angustiados todos, como un niño ante la oscuridad. Desde el 11-S, EE.?UU. parece estar esperando siempre que algo horrible y desconocido ocurra. Quizá la oscuridad haga preludiar su inminencia, haciendo la soledad el resto. Puede ser el precio, quién sabe, de la fortuna y el poder. Uno se siente más seguro teniendo siempre miedo. Un precio muy alto, pero probablemente inevitable. Ya dice nuestro viejo refrán que ha de temer a muchos aquel a quien muchos temen.