EL VERANO todo lo perturba. Es un estado de catalepsia colectiva. Agosto es únicamente un espejismo, una insolación múltiple, un golpe de calor inexplicable que nos condena a saturar las playas, al exhibicionismo más impúdico, y al consumo masivo de paellas industriales en una multitud de chiringuitos que festonean todas las costas. En agosto todo el mundo es bueno, ya sea persona, animal o vegetal. Adquirimos un talante beatífico y hasta el marisco congelado, y el gato por liebre, nos parecen maravillosos. Más dura, luego, será la caída; el fantasma de septiembre acecha vigilante en el calendario de los días por venir, pues es bien sabido que agosto es el mes más corto del año. Raudo y veloz como un bandido que huye, igual se va yendo agosto cuando comienza la cuenta atrás, cuando a la rutina le da por instalarse en las excursiones vespertinas, en las partidas de julepe con los vecinos de la urbanización. Percibes que hay que tener muy buena salud para estar de vacaciones. Empiezas por darte cuenta de que el senderismo por obligación, sustituyendo a la siesta que todo lo repara, es una majadería; deseas que uno de estos días amanezca lluvioso para hacerle un corte de mangas a la playa, a la tumbona y a la sombrilla. Y en ese momento, justo en ese momento, vuelves a conectar el teléfono móvil, por si te llaman, que no te van a llamar, de la oficina, y sientes nostalgia hasta del reloj de fichar. Suele coincidir con la primera de las grandes broncas conyugales de la temporada estival, y te arrepientes de haber vuelto a este lugar lleno de guiris y donde todo está carísimo, y culpas al euro para compartir tu equivocación, mientras juras por éstas que para el próximo año toca montaña, que ya está bien de playa. Pero por ahora no agüemos la fiesta. Este año, me aseguraron en la agencia que el apartamento va a estar en primera línea de playa, no como el año pasado que teníamos que coger el coche para bañarnos, estas vacaciones voy a leer más y ver menos tele. Me llevo un libro de Gala y otro de Isabel Allende. Éstas sí que van a ser buenas, todo el mes por delante para descansar, que uno ya está harto de la oficina, de que sean todos los días iguales, de que te piten en todos los semáforos, de las prisas y del estrés. Ya veras este agosto, agosto, a gusto, agostito, a gustitito. Agosto. Nota del autor, o post scriptum: el que esto escribe no es un aguafiestas ni pretende otra cosa que no sea entretener, tampoco es ajeno a los males que señala, y cada año, cada agosto es víctima de las circunstancias que denuncia. El que suscribe tiene una suerte de miedo escénico a las vacaciones, y se pone la venda antes que la herida. La mayoría de las experiencias relatadas son experiencias personales y cualquier parecido con la realidad no es pura coincidencia. El abajo firmante es consciente de la fecha de caducidad de los treinta días anuales y siente verdadero pánico a sufrir el duro síndrome del retorno cuando el calendario decrete que ha llegado la hora de regresar. Indudablemente, agosto es un espejismo. Dicho queda.