AUNQUE LOS periódicos de ayer no lo decían, porque estaban ocupados en hablar del dios que se nos fue, quizá les interese saber que García-Sabell no era más que un hombre. Era brillante, polifacético, trabajador, agudo y sensible, pero al lado de cada virtud siempre tuvo un defecto, y por eso nunca dejó de transmitir ese olor a igualdad que suelen negarnos los santos, los héroes de tragedia, los que descifran la escritura cuneiforme o los artistas que pintan Las meninas o La ronda nocturna. García-Sabell era un buen profesional de la medicina y un intelectual por encima de la media, que, gracias a una prodigiosa combinación de fortuna y virtud, se convirtió en la máxima expresión del galleguismo divino en el que despertó la posguerra. Pero nunca dejó de ser asequible y tratable para los que tuvimos la suerte de conocerle y el privilegio de contar con su amistad, ni nunca escribió, ni dijo, ni interpretó nada que -como sucede con los versos de Juan de la Cruz, con las lecciones de Einstein o con el violín de Yehudi Menuhin- se sitúe fuera del alcance de los hombres corrientes que estudian y trabajan con perseverancia y método. Cuando yo conocí a García-Sabell, en el mismo día de 1982 en que se celebraban los cien años de existencia de este periódico, ya era un mito consagrado. Por eso me sorprendió mucho más por aquellos defectos que nadie me había descubierto que por las muchas virtudes que la gente me había descrito con evidente hipérbole. Y por eso recuerdo con especial ternura aquel momento en que, a punto de iniciar la bajada de las escaleras del Hostal, se abrazó a mi con la confianza que le daban los cuarenta años de edad que nos separaban, mientras decía: «Se saio nunha foto agarrado a un gobernante tan novo todos pensarán que che estou dando un consello, e ninguén se vai decatar de que me apoio en ti porque non vexo ben as escaleiras». Poco después, el entonces delegado del Gobierno nos invitó a Xerardo Fernández Albor y a mí a cenar en un famoso restaurante-espectáculo de Madrid, en el que estaba actuando el que se decía «mejor ladrón del mundo». Y, mientras yo veía absorto cómo aquel ratero le quitaba los bolsos a las mujeres, las corbatas a los hombres y la cartera a todos, García-Sabell no paraba de explicar magistralmente los trucos psicológicos con los que los rateros anulan los sentidos de sus víctimas. Claro que, mientras daba sus últimas y más doctas explicaciones, pasó aquel hombre endiablado y le robó el reloj delante de nuestras propias narices. Ése era el García-Sabell que más me gustaba y admiraba. El primero que recordé cuando recibí, en Forcarei, la triste noticia de su fallecimiento irreparable.