DOMINGO García-Sabell ya en mi memoria, dolida por su ausencia, agradecida a su trato, a su lección. He tenido con él una amistad muy cordial, aunque edades, ocupaciones, residencias, etcétera, no permitiesen la frecuencia y la intensidad de paroladas con que ambos hubiésemos disfrutado nuestro mutuo y mucho aprecio. Remata ahora Domingo su Paseata arredor da morte y sobrará gente capaz para su laudatio y su balance crítico, que incluye también parcelas del leer y del escribir en que yo podría aventurar opinión. Y la aventuro para decir que Domingo encaja con plenitud en lo que entendemos por ser humanista y en su hacer Humanismo está presente el mundo inaugural griego y latino bien asimilado en sus valores más perennes, a saber, optimismo intelectual, espíritu crítico, talante de comprensión y apertura. Y hablar de este talante en Domingo me hace inevitable el buen recuerdo de otro amigo, Ramón Piñeiro, pues Ramón y Domingo han tenido una vida intensa en peripecias que podrían haberlos convertido en hombres de talante agrio, resentido... Desde que tuve trato con ellos, sabiendo ya de esas peripecias, admiré la serenidad con que hicieron su particular amnistía, borrón y cuenta nueva sin presentarse, como decía un griego de unos trepas, con las heridas reabiertas a cobrar el premio. Pero ambos tuvieron que tomar nota de que vivieron en un país de crispados y fundamentalistas: Domingo, reprimido por uno de los bandos ya en 1936 y destituido de su vocación y su derecho de docente universitario, a partir de 1975 volvió a ser blanco de tonterías, ahora desde el otro lado, por el ominoso delito de recuperar su normalidad de ciudadano y de ejercer su libertad ayudando a que todos la recuperásemos mejor. Conocí a Domingo en las casas de mis tíos Fermín Bouza Brey y Manuel Álvarez Álvarez hace no menos de cincuenta años y desde entonces me llamó la atención por su trato afable, sus maneras pulidas y corteses. Me sobran motivos para que su ausencia me duela. Y además creo que todos hemos perdido a un hombre notable y bueno. Queda su obra y también me gustaría que quedase aprendido para siempre que la Guerra Incivil fue un bodrio irrepetible, porque es necia, además de injusta, la sociedad que hace de gente como Domingo ceros a la izquierda, ceros que sufren en su condición de tales, pero son testigos de cargo contra el obtuso que no supo honrarse dándoles la derecha.