LO PEOR que podría ocurrir para los vascos y para todos los españoles es que se hiciera implacable la actual sensación de fatalismo que existe sobre el futuro de Euskadi y que nos desentendiéramos sobre el desenlace de la crisis convencidos de que «lo del País Vasco» no tiene solución. Hemos llegado hasta aquí tras una dura y compleja transición, elaboramos entre todos una Constitución abierta, reformable, flexible, interpretable e inteligente, que, por primera vez en nuestra historia, fracasada la experiencia autonómica de la II República, intentaba buscar una solución al largo y a veces dramático problema territorial español, que, en realidad, es un debate sobre las ideas de España. Y digo bien, «las ideas de España», porque si algo aprendimos de las reflexiones de los constituyentes y de nuestra historia reciente de los siglos XIX y XX, es que no siendo posible llegar a un acuerdo sobre tal noción, el diálogo permanente y la búsqueda del acuerdo forma parte de la propia naturaleza política de la Constitución de 1978. También aquí aparece la derecha reformista que procedía del régimen franquista -Adolfo Suárez, Rodolfo Martín Villa, Pío Cabanillas, Fernando Abril Martorell-, y sin cuya contribución y talante no hubiéramos podido elaborar el artículo segundo del texto fundamental -nunca aceptado por Manuel Fraga-, ni el Título VIII. El Estatuto de Guernica fue también el producto de aquel acuerdo entre los reformistas, la izquierda española y los nacionalistas catalanes, por una parte, con los nacionalistas vascos por otra, que no compartían plenamente la Constitución por la redacción de la Disposición Adicional Primera. Aquellos políticos tuvieron la capacidad de levantar la vista de la punta de sus zapatos y contemplar la realidad de la historia de España. Hoy carecemos de todo ello. Del talante, del talento y de la voluntad política necesaria. Jaime Mayor Oreja, durante una entrevista escalofriante en Televisión Española, insistió en la existencia de un «movimiento nacionalista vasco», un totum revolutum, en el que las fronteras entre el PNV y ETA desaparecen. O peor, porque le atribuye a la organización terrorista el papel de vanguardia, en consenso con el PNV en la distribución de roles y tareas. Espero que los bellísimos toros de Guisando -que proceden de la edad del Hierro-, iluminen a José María Aznar y no le nombre sucesor. Es verdad que hay separatistas, pero no es menos cierto que también hay separadores. Creo que el proyecto Ibarretxe es un error, pero eso no le permite a Ángel Acebes, ministro del Interior, afirmar que el PNV no busca a los terroristas porque se dedica a defender sus ideas políticas. Euskadi y España necesitan diálogo y Zapatero no debería esconderse en el consenso cuando la situación en el País Vasco es crítica.