La «guerra» de las banderas

| ERNESTO S. POMBO |

OPINIÓN

LO DE todos los veranos. Pasamos las vacaciones bajo el síndrome de la «guerra» de las banderas. Hasta ahora el conflicto se desarrollaba en el País Vasco. Con los batasunos izando y arriando estandartes. Este año nos cae más próxima. En nuestras playas. La decisión de retirar las banderas azules de todas las playas del Cantábrico, a excepción de la de Area, sólo unos días después de haber sido izadas solemnemente, no es sólo discutible sino que se trata de un error monumental. De forma especial si se anuncia, como ya se ha hecho, que en los próximos días pueden ser izadas nuevamente. Las playas que se hicieron merecedoras del galardón europeo no lo fueron por ningún motivo circunstancial. Se las premió atendiendo a una serie de privilegios en los que nada tuvo que ver el chapapote. Se concedieron como reconocimiento a un trabajo continuado, a un entorno, a unos servicios, a un esmerado cuidado y a una situación de privilegio. Se les entregaron, en definitiva, por una labor de años. La llegada de chapapote a nuestros arenales no debe privarlos de esa enseña. Porque tampoco quien está en posesión de la Gran Cruz del Mérito Civil la retira de su solapa cuando padece una diarrea. El hecho de que el fuel tiña las aguas de As Catedrais, por ejemplo, no es motivo suficiente para no reconocer que la playa sigue siendo la misma de siempre y que sólo ocasionalmente padece una situación de deterioro. El periodista Miguel Ángel Aguilar, con su extraordinario sentido del humor, proponía ayer mismo llevar las banderas retiradas al Ministerio de Fomento para hacer un acto de desagravio al ministro Cascos. Miguel Ángel desconoce quizás que el ministro anda todavía en el periplo aerostático que inició el viernes en el Obradoiro. Mejor es que las banderas se queden donde estaban. Para tristeza de todos. Para sonrojo de algunos. O, en todo caso, que ondeen a media asta. Y con crespón negro.