El aparato

| EDUARDO CHAMORRO |

OPINIÓN

JOSÉ LUIS Rodríguez Zapatero, secretario general del PSOE, es un hombre democrático, y no porque lo diga yo, sino porque lo dice él. El adjetivo «democrático» no se ausenta de sus labios. Cuando habla de la dignidad como origen de sus actos y estímulo de sus propósitos, añade a esa calidad de digno la cualidad de democrático. Haremos esto o aquello -dice Zapatero- por o con «dignidad democrática». Supongo que quiere decir que su dignidad es de la buena y no de la que meramente realza un comportamiento con las prendas de la excelencia, la gravedad y el decoro. Eso es lo que supongo que quiere dar a entender. Pero una cosa es suponer, y, otra, saber. Y yo no sé que cosa puede tener Zapatero en las mientes cuando habla de «dignidad democrática». Es como si me dijera que tiene una grandeza democrática que, democráticamente, suscita en él un bienestar democrático en el que se complace su alma democrática. Claro que Rodríguez Zapatero es muy digno de ser muy suyo para sus cosas (sobre todo para sus cosas democráticas). Está en condiciones de hablar como mejor le parezca y decir lo que mejor le siente; es mayorcito. Es el suyo un modo de expresarse a bote pronto y con un léxico corto aunque automático. O un recurso para llenar el escenario con un viento emocionado por nociones contundentes. Hace quince días anunció que, en lo tocante a sus dos traidores y a su visión de la corrupción en danza, contaba con «datos impactantes». Ha pasado el tiempo, las pruebas han entrado en estado carencial, la comisión de investigación sobre los hechos comienza a helarse bajo el avance procaz del «ferragosto», y los «datos impactantes» de aquel suceso capaz de competir con la intentona golpista del 23-F no cobran carne ni cristalizan en cosa fehaciente alguna. Cuando alguien señala con el dedo algo de lo que no presenta pruebas, el gesto puede convertirse en el intento de meter ese dedo en el ojo de quien pase por allí. La crisis en la Federación Socialista Madrileña ha producido una única víctima, exterior a la FSM, cesada por mentir. Dentro de la FSM y en el interior del PSOE, la actitud bajo consigna es la del ceremonial de poner la mano en el fuego los unos por los otros. Han decidido encerrarse con un único juguete que se llama aparato. El aparato, por su parte, es experto en vivir encerrado, en maldecir espejos, y en nutrirse de toda y cualquier teoría acerca de la conspiración predecible y la conjura en el ambiente. Su sentido de las cosas es el rictus de un desdén virginal que se agrava cuando sobrevivir es el único juego del aparato. Cristina Alberdi lo sabe, como sabe que el aparato sólo admite los errores que pueda pagar con las cabezas de los demás. Si no lo sabe, se lo harán saber. Pero Alberdi no es una recién llegada, ni tiende a hablar por hablar, ni parece poseída por una vocación de anacoreta o de apestada. Para decir lo que dice habrá ponderado sus razones y propósitos. Si le queda algo por saber, puede que a los demás les quede algo de lo que enterarse.