EL SUICIDIO del especialista en armas biológicas David Kelly, después de declarar ante el comité parlamentario que se ocupa de estudiar las decisiones del Gobierno británico en relación a la guerra de Irak, ha abierto la caza del periodista Andrew Gilligan, autor de importantes informaciones emitidas por la BBC sobre las supuestas mentiras y exageraciones del Gabinete de Tony Blair contra el régimen de Sadam Huseín. La muerte al mensajero se ha decretado ya por quienes se empeñan en oscurecer en vez de aclarar. El hecho de que Richard Sambrook, presidente de BBC News, reconociera, después de obtener la autorización de la familia Kelly y cuando este ya estaba muerto, que el microbiólogo era la «principal fuente» que había revelado las exageraciones de Blair sobre el poder de Irak en materia de armas de destrucción masiva, no ha alterado la innata tendencia a culpar al mensajero, pero, sin embargo, ha puesto en evidencia que la BBC no es la de antaño. Ha perdido su reputación y credibilidad, asentada sobre la objetividad, la certeza y la precisión (eso es lo que significa servicio público para una televisión pública. ¿Les suena a algo en España?), al inflar una información que le da una fuente y presentar a ésta como lo que no es («alto cargo del espionaje»), y al revelar la fuente informativa y ceder así a las presiones de varios protagonistas de la novela sobre las armas de destrucción masiva y la capacidad de Sadam para poner en marcha su arsenal en 45 minutos. En esta lista del deshonor están Alastair Campbell, director de comunicación de Downing Street, acusado por Gilligan de presionar a la inteligencia británica para que incluyera datos sin confirmar en su informe sobre Irak y responsable de haber incendiado las relaciones entre el Gobierno y la BBC, y Geoff Hoon, ministro de Defensa, que mandó un escrito al jefe de Noticias de la BBC para que le confirmaran si Kelly era el topo de su ministerio. Las conclusiones a las que llegue Lord James Brian Hutton, juez único encargado del caso Kelly y uno de los más veteranos magistrados del Reino Unido, serán las que sean, pero entre ellas no incluirá la pérdida de credibilidad de la BBC ni que a partir de ahora las fuentes se sequen y las que aún manen cuenten menos cosas, recelosas de que su nombre pueda salir a relucir en cuando los de siempre aprieten un poco las clavijas a los periodistas y a sus jefes.